sábado, 19 de septiembre de 2009

Desmonopolización y después...


Es difícil evaluar lo progresivo o regresivo de una medida en la sociedad mediática. La evaluación primera, sincera y lógica, basada en la correlación de fuerzas, en los intereses que una medida afecta y los que beneficia, en el objetivo último de la misma y en los apoyos que genera, puede perder peso cuando es puesta en duda por todo el arsenal simbólico-comunicacional.
Uno tendería a pensar que la Ley de Servicios audiovisuales que propone el Gobierno es un avance significativo en relación a la obsoleta Ley de Radiodifusión, firmada por Videla y Harguindegui. Sin embargo, basta encender el televisor, la radio o leer un diario para entrar en duda. Los aparatos ideológicos del mercado nos informan que la ley es “para controlar a los medios” que “ataca la libertad de prensa”, que es “antidemocrática” (la derecha sólo se acuerda de la democracia cuando no está en el Gobierno), que “vulnera la diversidad de opiniones” y demás argumentos.
La dirigencia política opositora no es menos tremendista. Repite exactamente los mismos argumentos y, a veces, los hiperboliza. Felipe Solá afirma que la ley fue aprobada “gracias a la chequera” y Mauricio Macri…se sincera. El heredero directo de la patria contratista demuestra que le interesan muy poco los 30000 detenidos-desaparecidos, los 300 muertos en el bombardeo a la Plaza de Mayo, los miles de trabajadores encarcelados por reclamar algo tan simple como su derecho a elegir autoridades, los fusilamientos de obreros y la pampa regada con sangre criolla y dice “este es el gobierno más fascista de la historia argentina”. Un despropósito, evidentemente. Un delirio fascistoide que no se sostiene bajo ningún punto de vista. Una afirmación que sólo puede ser hecha por alguien que sabe tanto del relato nacional como para afirmar que el 9 de Julio es el día de la bandera, que Borges se llamaba José Luis y que no supo enumerar tres integrantes de la Primera Junta de Gobierno.

Lo que ninguno dice es que necesitan de los medios para posicionarse en la escena política, ya que su militancia de base es nula. Sin el favor de las corporaciones mediáticas su caudal de votos se vería significantivamente reducido. Por eso se arrodillan ante el poder mediático y lo defienden fuirosamente, sabiendo que, para ellos, es una cuestión de vida o muerte.
Y los más perjudicados por la ley pierden definitivamente la línea y se lanzan a un ataque frontal, infundado y violento al Gobierno. Clarín saca 15 tapas seguidas denunciando hechos de corrupción, malversación de fondos, lo supuestamente nefasto que es salvar a la Aerolínea de Bandera, etc. Inventa la sección “El Gobierno y los medios” y le dedica no menos de cinco páginas por edición. Además, intenta crear un “eje del mal” de la libertad de prensa, que incluiría a Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela.
Ante eso, uno empieza a sospechar que la Ley no debe ser tan mala, porque de lo contrario no pondría tan nerviosos a los sectores más concentrados del país. Y uno nota que la decisión política de cambiar la legislación los tomó por sorpresa, sin el tiempo necesario para armar una estrategia coherente.
Los argumentos que dan son insostenibles y fácilmente rebatibles. Por ejemplo:

1- “Clarín (o cualquiera de los medios que se ven afectados por la desmonopolización) es masivo”: lo que se está discutiendo es la capacidad del Estado de regular la oferta en el mercado de la producción audiovisual. Si los productos de Clarín son tan masivos no se preocupen, podrán competir en igualdad de condiciones con los productos que elabore el Estado y las organizaciones no gubernamentales. La ley propone un mercado libre del que puedan participar más actores Si la sociedad prefiere la producción de Clarín lo hará saber a la hora de elegir, dentro de una oferta mucho más variada que la actual. Su planteo de tematizar el consumo equivale a decir que no hay que legislar sobre el consumo de paco, o de cocaína, ya que mucha gente los elige.

2-"Esta ley le va a quitar fuentes de trabajo": Podrían decir también que esta ley va a abrir muchas fuentes de trabajo, ya que un gran número de organizaciones y voces que representan al Estado y a las organizaciones no gubernamentales necesitarán mano de obra calificada para producir sus programas. La mano de obra necesaria será la misma o aumentará, no hay que ser matemático para verlo.

3-"Esta ley se propone controlar a los medios": Si ese fuera el objetivo, ¿qué mejor que usar la ley actual que dispone de un organismo de control intervenido por un funcionario del Gobierno? ¿Cuál es la ecuación a partir de la que un órgano conformado por 5 personas de diferentes espacios es más autoritario que uno dirigido por un funcionario del Gobierno de turno?

4- “Es una ley K”: cualquier persona medianamente informada sabe que la ley surge de los 21 puntos propuestos por la Coalición por una comunicación democrática, que viene trabajando desde hace años, y que la demanda existe en diferentes organizaciones de la sociedad civil desde 1983.

5- “No se discutió lo suficiente”: se realizaron centenares de foros en todo el país, a los que asistieron miles de personas a discutir, opinar, debatir y proponer.

Después, claro, también está la justificación desde el analfabetismo, como la señora Mirta Legrand opinando que el proyecto de ley es muy largo porque tiene 160 páginas. Hay justificaciones para todos los gustos.
Lo concreto es que de este lado están las radios comunitarias, sindicatos, organizaciones sociales, organizaciones populares, estudiantes y trabajadores y del otro lado está la Mesa de Enlace, la derecha más reaccionaria y cipaya, los medios masivos de comunicación y el analfabetismo medio pelo.
Siempre envidié (sanamente) los grandes relatos que supo construir la generación precedente: la vuelta de Perón, la Revolución Cubana, la heroica muerte de Allende, etc. La noción de estar viviendo un momento significativo. Mi envidia duró hasta el miércoles. Ahora, luego de la media sanción en Diputados, sé que presencié un momento histórico.

viernes, 14 de agosto de 2009

La hegemonía cultural oligárquica y el discurso mediático.


El denominado “conflicto con el campo” lleva ya casi un año y medio. En el mismo, las corporaciones comunicacionales han jugado un papel fundamental, alineándose casi totalmente detrás de la “mesa de enlace”, agrupación representativa de las patronales agrarias.
Esta ubicación automática de las empresas periodísticas detrás del sector que defiende el modelo social, económico y cultural del “granero del mundo”, regresivo, inequitativo y antipopular, tiene varios fundamentos.
En primer lugar, una coincidencia de intereses económicos. Vale recordar que uno de los accionistas del Grupo Clarín es José Antonio Aranda, presidente de la Asociación Braford Argentina, entidad encargada de promocionar las bondades de dicha raza vacuna. Por otro lado, nadie ignora que el periódico La Nación es, históricamente, un defensor aguerrido de los sectores concentrados de la economía pastoril y de su modelo social y cultural.
Estas dos empresas acaparan una porción mayoritaria de la oferta comunicacional argentina. Además de poseer los dos matutino más vendidos, Clarín es propietario de un sinnúmero de empresas relacionadas con la venta de información (radios, canales de tv, periodísticos, agencias de noticia, etc). Solo con estas dos corporaciones defendiendo a la mesa de enlace sería suficiente. Sin embargo fueron muchos otros los medios que se encolumnaron detrás de las patronales: Crítica, La Prensa, Crónica, C5N, etc.
Para comprender este fenómeno, la variable económica no es suficiente. Si bien Clarín y La Nación tienen intereses materiales concretos en el sector agrario, no todos los medios que se oponen a las retenciones están ligados al mismo. Aquí, creo, entra a jugar un aspecto cultural. Al respecto, dice Pablo Llonto en su biografía de Ernestina Herrera de Noble, “las escenas de la rebelión de los patrones del campo, convertidas y multiplicadas por los noticieros, arrastraron la decisión de romper lanzas. En una fracción, los principales accionistas del Grupo y muchos de sus jerárquicos comprendieron que esos rostros, de Barrio Norte; que ese lenguaje, de los cuarteles; que esos discursos, de la derecha, les pertenecían” (Pablo Llonto, La noble Ernestina, 2008, pág 18).
Es una buena descripción. Barrio Norte, los cuarteles y la derecha. La matriz ideológica de casi la totalidad del discurso mediático está descripta en esa cadena metonímica.
¿Por qué el poder mediático se sintió atacado cuando el gobierno intentó redistribuir la renta extraordinaria?. Como dije antes, entra a jugar acá un importante factor cultural. La sociedad argentina ha sido incapaz, 130 años después, de romper la hegemonía cultural oligárquica. Probablemente las empresas periodísticas se subieron al tren de la Mesa de Enlace con el mero objetivo de oponerse al Gobierno, al que consideran “estatista”, “que no respeta la libertad de prensa”, “autoritario”, “aislado del mundo” y demás sinsentidos. El dato a analizar, sin embargo, es que para desprestigiar al kirchnerismo se hacen cargo de un discurso legítimo a nivel social.
Que Biolcati diga en la inauguración de la exposición rural que el modo de reducir el hambre y la pobreza es volver a ser “granero del mundo” y muchos digan que es verdad, no es un hecho menor.
La sociedad argentina fue socializada bajo los parámetros del granero del mundo. Se nos hizo creer que sin campo no hay país, que el campo es la reserva moral de la patria, que el país es el campo, y demás incoherencias, absolutamente vacías de sentido.
A esto se le suma una dosis importante de discurso “criollista”. El mismo surge cuando, frente a la avalancha inmigratoria que amenazaba los valores culturales de la clase dominante, la oligarquía construyó a los inmigrantes en agentes peligrosos, portadores de ideologías contrarias a la identidad nacional, como el socialismo y el anarquismo. El criollo y el gaucho, otrora elementos que impedían la civilización y el desarrollo, pasaron a ser entonces el reservorio de las cualidades morales de la nación, frente a las ideologías foráneas. La capacidad de trabajo, el valor y la honradez pasaron a reinar en el campo, frente a la disolución del ser nacional que se iba asentando en las ciudades.
Hoy, 130 años después, nadie ha podido romper esos valores culturales. El super yo colonial, según el cual el país debe ser una granja abastecedora de materias primas, y el criollismo deshistorizante, para quien en el campo reina la virtud y en la ciudad la corrupción y el vicio (nótese que este discurso invierte el binarismo sarmientino, una vez que el mismo ya triunfó y el modelo en que se sustenta se ve amenazada por la inmigración) gozan de una legitimidad indiscutible.
Antes inculcado en la escuela pública, hoy ha pasado a nutrir parte esencial del discurso mediático. Y ayer como hoy, es el caballito de batalla de los sectores políticos y económicos más reaccionarios del país.
El granero del mundo, lo único que genera es miseria. No produce valor agregado ni puestos de trabajo y las ganancias quedan en manos de los poseedores de tierras, una clara minoría. El campo está estructurado en clases sociales, al igual que la ciudad, y la mera pertenencia al mismo no es garantía de ningún atributo moral.
Los medios son, hoy en día, los encargados de reactualizar la concepción cultural dependiente. No se trata de mentes siniestras elaborando planes, sino de la reproducción constante de la hegemonía cultural oligárquica, tan intacta hoy como en 1880 y que generalmente, funciona al margen de las subjetividades que la reproducen. Es el correlato lógico del vaciamiento de la escuela pública (aunque los medios han cambiado la antinomia campo-ciudad, por una incomprensible campo-gobierno).
Las clases dominantes y sus voceros (culturales, políticos y económicos) quieren imponer el granero del mundo, a costa de hambrear al pueblo y de generar un país colonial. El discurso es tan antiguo como el estado argentino mismo. Lo increíble es que todavía sea legítimo.

martes, 11 de agosto de 2009

¿Por qué es necesaria una nueva Ley de Radiodifusión?




José Pablo Feinmann se acomoda el saco, toma aire y empieza a hablar, dirigiéndose hacia su público. Dice que hoy va a abordar la obra del filósofo alemán Immanuel Kant. Avisa que no es un pensador fácil y cuenta una anécdota sobre Albert Einstein para explicar que hay filósofos cuya escritura era más simple que la de otros que utilizaban una prosa densa e intrincada.
Kant, Einstein, Filosofía, ¿de qué estamos hablando?. ¿Una clase?, ¿un curso?, ¿una conferencia?. Podríamos decir que sí, que es todo eso, pero ante todo es un programa de televisión. Se trata del ciclo “Filosofía. Aquí y ahora” que Feinmann conduce y que emite Encuentro, el canal del Ministerio de Educación que se transmite por cable.
Es un ejemplo entre muchos otros de televisión no comercial.
Ciudad Abierta, el canal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que también se emite por cable, ofrece el programa “Quién lo dice”, el cual reproduce las clases de diferentes profesores de la Universidad de Buenos Aires.
Canal 7, el canal estatal y de televisión abierta, tienen también una programación atravesada por parámetros no comerciales. Entre muchos otros casos que podríamos citar de esta señal, Osvaldo Quiroga conduce “El rincón de la cultura”, dedicado a la promoción de diferentes expresiones artísticas.
Un canal que produce estos programas no lo hace evidentemente pensando en el rédito económico sino en la necesidad de ofrecer contenidos que la radiodifusión comercial no está dispuesta a incorporar. La televisión pública debe, ante todo, ser capaz de ofrecer una programación que refleje las opiniones de los diferentes sectores que conforman una sociedad. En la misma deben aparecer representadas las visiones de los grupos minoritarios que no tienen acceso a los medios de comunicación privados.
Para Julio Fernández Baraibar, “Un medio público, es decir, un medio de comunicación que no tenga su programación determinada pura y exclusivamente por una cuestión de rating, que no esté determinada su programación por la pauta comercial de los avisos, es muy necesario porque la Argentina, experimenta una televisión muy crudamente comercial”. El mismo autor considera que “Un medio público tiene que brindar una programación que satisfaga necesidades generales de la población que no están determinadas por la pauta publicitaria. Necesidades de orden cultural, de orden informativo, comunicacional, estrictamente comunicacional, canales de comunicación entre la población o entre sectores diversos de la población, sobre todo aquellos de menores recursos a los que ésta televisión pública les pueda servir de medios de intercomunicación”.
Pero cuáles son las diferencias concretas entre un canal que reproduzca un modelo de servicio público y uno enmarcado en el paradigma comercial. Para el filósofo venezolano Antonio Pasquali, una radiodifusión de servicio público debe cumplir con los siguientes requisitos: 1) Alimentarse con fondos del erario público y no por la publicidad. 2) Ser independiente, participativa y de alta calidad. 3) De alcance nacional. 4) Con calidad aplicada a todos los géneros de programación. 5) Sin concentración geográfica, con producción diversificada regionalmente. 6) Infraestructura y tecnología avanzada.
7) Producir sus propios programas. 8) Ofrecer una programación alternativa a la comercial y no competir con ella.
¿Hasta qué punto la televisión pública argentina cumple con estos requisitos? La ley De Radiodifusión vigente (Ley 22285), que fue dictada en la última dictadura militar, estipulaba en su texto original que ninguno de los medios pertenecientes al SOR (Servicio Oficial de Radiodifusión), es decir los medios controlados directamente por el Estado, podían contratar publicidad y debían financiarse con capitales provenientes del erario público. Sin embargo, el decreto presidencial 1656/92 firmado por el ex Presidente de la Nación Carlos Menem, en 1992, anuló esta disposición y permitió que los medios estatales contraten publicidad, instaurando de este modo una relación de dependencia entre los contenidos de dichos medios y los intereses de los anunciantes.
En cuanto al alcance nacional, si bien Canal 7 llega a todo el país de manera gratuita, el canal del Ministerio de Educación puede verse sólo a través del cable, imposibilitando así su llegada a los sectores de la población que no puedan pagar este servicio, algo claramente opuesto a un paradigma de servicio público, el cual debería garantizar la gratuidad del acceso.
Tampoco parecería cumplirse la diversidad geográfica, ya que la mayoría de los programas están producidos en la Ciudad de Buenos Aires (Laboratorio de Industrias Culturales, 2006). Sin embargo esta concentración no implica que la realidad de las provincias del interior no se vea reflejada en absoluto. Algunos programas, aunque sean producidos en Buenos Aires, se encargan de abordar la diversidad cultural. Es el caso de “Pequeños Universos”, un ciclo dedicado a la difusión de la música de las diferentes regiones de la Argentina, que emite Canal Encuentro. En esta línea también se destaca “Estudio país”, que sale por Canal 7, de lunes a viernes, de 14 a 16 hs, en donde se ofrece al público diversas informaciones relacionadas con actividades de las 24 provincias nacionales.
El avance tecnológico e infraestructural no es uno de los puntos fuertes de la televisión estatal. Sin embargo, cabe destacar que en 2006 Canal 7 incorporó nuevas cámaras e islas de edición. Esta fue la primera vez que se renovó el material desde 1978, cuando el gobierno de Jorge Rafael Videla realizó una cuantiosa (y para muchos excesiva) inversión en Argentina Televisora Color (ATC), con el objetivo de poder transmitir el campeonato mundial de fútbol hacia el exterior en pantalla color. En la Argentina, el mundial se vio en blanco y negro.
Los otros puntos definidos por Pasqualli sí están representados.
Frente al desarrollo de una televisión fuertemente comercial, una solución posible es la intervención estatal sobre ese tipo de servicio, obligando a los licenciatarios a diversificar su oferta. En relación a esta posibilidad, Jay Blumler en su libro “Televisión e interés público” dice: “Ninguna reglamentación, ni por su forma ni por su cantidad, puede transformar las fuerzas motrices económicas que manipularán predominantemente el comportamiento de empresas que compiten por audiencia y por ingresos en un sistema multicanal de televisión” y agrega “como no puede garantizarse que la propuesta de los programas comerciales sean moldeadas con arreglo a consideraciones de interés público, es preciso contar con alternativas bien estructuradas para un mercado televisivo”. Blumler ofrece una solución a este problema: “Una de esas alternativas debe ser un sector de televisión pública dotado de principios, amplios recursos y objetivos fundados en principios. Sólo desde una televisión pública fuerte se puede esperar el servicio al interés público desde dentro”.
Al respecto, Julio Fernández Baraibar cree que cuando el Estado, en vez de ofrecer una alternativa a la televisión comercial, trata de limitarla, “Rápidamente se desliza hacia formas de autoritarismo que ni siquiera es bien recibido por el conjunto de la población al cual supuestamente pretende defender este tipo de medidas”.
La televisión privada se rige, básicamente, por la pauta publicitaria. Esto hace que los contenidos que ofrece no tengan en cuenta aspectos relacionados con la integración social o la diversidad cultural, ya que los mismos no son económicamente redituables.
Dice Arturo Jauretche en su libro Los profetas del odio, refiriéndose a la prensa escrita “El aviso de la gran empresa es el eje de la gran prensa. Los poderosos grupos financieros obtienen del gran periodismo la orientación que conviene a sus intereses, y por sobre todo, los silencios correspondientes”. Lo que plantea este autor es que ningún medio va a oponerse o a perjudicar a aquellos anunciantes que publicitan en su espacio. Lo mismo puede decirse de la Televisión. Así, la TV privada posee una doble restricción para ofrecer un servicio de interés público. Su lógica es meramente comercial y, como consecuencia directa de esto, su discurso está coaccionado por los anunciantes, que son quienes ponen el dinero necesario para que toda la maquinaria funcione. Agrega Jauretche “Estos periódicos tan celosos de la censura oficial se autocensuran cuando se trata del avisador”.
¿Siempre fue así la televisión argentina? La primera transmisión fue en 1951. Hasta la caída del peronismo, en 1955, hubo un solo canal (Canal 7) y el mismo fue estatal. El gobierno de Perón ya había planeado una licitación para adjudicar tres canales privados de TV a los licenciatarios de las tres cadenas de radiodifusión de ese entonces, pero el golpe de Estado del 16 de septiembre impidió que éstas se llevasen a cabo. La autodenominada Revolución Libertadora anuló esa disposición y armó una nueva licitación. El objetivo era uno solo: impedir que los medios quedaran en manos de sectores ligados al ex presidente Perón. El proceso estuvo repleto de desprolijidades, pero finalmente, tres días antes de que el General Aramburu abandone el poder, las tres señales privadas de TV habían sido adjudicadas a licenciatarios no peronistas. Para Guillermo Mastrini, “a partir de las disposiciones del gobierno de Aramburu se conformó un modelo televisivo caracterizado por la iniciativa privada y las explotación comercial de la radiodifusión”. Agrega este autor que “Por otra parte, se generó un modelo de comunicación dependiente de la publicidad que no consideró las dificultades que este sistema encontraría en el interior del país para alcanzar una ecuación financiera que permitiera aceptables niveles de producción propia” Finalmente, Mastrini opina que “El modelo surgido de la adjudicación del 58 mantiene su plenitud. El modelo competitivo vigente en la Argentina es fruto de la inexistencia de una política democratizadora del sistema comunicacional, surgida del debate de los distintos sectores sociales”.
Lo que está en juego es la capacidad de los canales estatales de ofrecer una programación distinta de la que ofrecen los medios privados, pero esto no implica que los medios de comunicación privados deban desaparecer. Al respecto, Pasquali opina que, “Hay que fustigar la mediocridad, la homogeneización cultural y la hipercomercialización de mucha radiodifusión privada”, pero “de la existencia de una radiodifusión privada realmente libre, en sana dialéctica con la pública, depende en gran parte la supervivencia de una opinión pública crítica y no manipulada, base de toda democracia”. Lo que este pensador propone es la necesidad de un servicio público fuerte que ofrezca contenidos que los medios privados no ofrecen porque no son económicamente rentables, pero representan intereses de diferentes sectores de la sociedad que merecen estar representados por la radiodifusión pública. Una de las pautas que este autor propone para construir un medio estatal eficaz es que “la radiodifusión de servicio público respeta a sus usuarios y los concibe y trata como personas inteligentes, cultivadas, sensibles, de edades y gustos diversificados, y no como una masa homogeneizada de edad mental infantil, consumismo compulsivo y gustos primarios”. Finalmente plantea que la radiodifusión pública no debe competir con el sector privado sino complementarlo, ofreciendo contenidos que el éste no está dispuesto a ofrecer.
Frente a esta propuesta, la pregunta que surge inmediatamente es, ¿existe realmente una demanda para los contenidos que debería ofrecer una televisión de servicio público?. El Laboratorio de Industrias Culturales, dependiente de las Secretaría de Cultura de la Nación, ha elaborado en 2006 una investigación sobre la televisión argentina titulada “Qué ves cuando me ves”. Una de las secciones de dicho relevamiento está dedicada al análisis sobre los usos y las percepciones de diferentes sectores de la población sobre la televisión. Según este informe, hay una acentuada disposición al consumo de programas culturales entre todos los públicos. Para los investigadores esto tienes dos causas. En primer lugar, “la función de fuente de «aprendizaje informal» asignada a la televisión como uno de los principales empleos y gratificaciones derivados del consumo de este medio. La televisión, además de ser entendida como vehículo de entretenimiento e información, es frecuentemente adoptada como medio de ampliación o perfeccionamiento de la propia formación cultural”. La segunda causa es “un renovado interés en un área específica del campo cultural como la historia argentina, atestiguado por las elevadas cifras de venta y audiencia que han alcanzado recientemente libros y programas televisivos y radiales dedicados a esta temática”.
Según este informe, a la hora de justificar la necesidad de este tipo de programación, los encuestados afirman que “una de las principales funciones atribuidas a un canal cultural es contribuir a la construcción de un colectivo nacional, poniendo en contacto a los distintos subgrupos socioculturales del país y propiciando el conocimiento de las diversas facetas culturales, naturales, geográficas y antropológicas del país”. Claramente, son Canal Encuentro y Canal 7, y no los canales privados, los que ofrecen este tipo de programación.
Los encuestados creen que una programación cultural capaz de captar públicos masivos debe cumplir con tres requisitos: Entretenimiento, formación e información.
Para demostrar que esto no es una quimera, cabe recordar la experiencia europea. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, hasta principios de la década del 90, la televisión europea fue un monopolio estatal y se definía como un servicio de interés público. El objetivo era “educar, entretener e informar”.
La demanda existe. Es obligación del Estado generar una oferta que la satisfaga. Para eso, será necesario un servicio universal y gratuito y que contemple las necesidades de los diferentes sectores de la población.
Frente al anteproyecto para una nueva ley de radiodifusión propuesto por el Gobierno Nacional, no debe llamar la atención la encendida oposición que el mismo suscita en los grandes oligopolios informativos. Sin embargo, no hay que perder de vista que la propuesta no es una persecución a los medios privados, sino dividir la frecuencia radioeléctrica en forma tripartita, de modo que no sean sólo los capitales concentrados quienes puedan ejercer su derecho a la comunicación, sino que también la sociedad civil y el Estado tengan canales de expresión.
La oportunidad para aprobar una nueva ley de radiodifusión es histórica. No la dejemos pasar. Tengamos siempre claro que, como decía Jauretche, cuando los medios masivos dicen defender la libertad de prensa, están defendiendo la libertad de empresa.

sábado, 8 de agosto de 2009

La interpretación mediática de Alfonsín


Esto lo escribí cuando murió Alfonsín. Lo subo y lo pongo a consideración.

“La ruta está repleta
de caricaturas
que si pierden el bondi, Lobo,
ni se van a enterar”

“Lobo caído”. (Patricio Rey y sus redonditos de ricota).


Indudablemente, es difícil no tomar posición sobre cualquier tema que los medios de comunicación masivos ponen en agenda. Una vez instalado un determinado tópico, las discusiones se dan de acuerdo a la forma en que cada sector que actúa en el espacio público (medios de comunicación, sindicatos, partidos políticos, agrupaciones civiles, individuos, etc.) se posiciona en relación al mismo. No emitir opinión equivale a una especie de desaparición virtual, cuya consecuencia inmediata es dejar que sean otros lo que definan la interpretación legítima del símbolo que de discute (símbolo en sentido semiótico, como elemento significante, no “símbolo” en tanto que representación o síntesis de determinada corriente ideológica o política. Esta última parece ser la única definición de Símbolo que manejan los medios masivos). La muerte de Alfonsín, como fenómeno mediático, no escapa a este universo de disputas simbólicas.
Obviamente, a la hora de hacer circular discursos, son muchas más las posibilidades de difundir su interpretación que tiene, por ejemplo, el Grupo Clarín que una organización social del conurbano bonaerense o del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
La definición que los medios de comunicación han hecho del símbolo Alfonsín es clara. Frente al poco espíritu de diálogo que caracteriza al kirchnerismo, es bueno recordar la vocación del ex presidente radical para generar consensos. Se da a partir de ese discurso una concatenación lógica de argumentos que sería más o menos así: Alfonsín fue un auténtico demócrata, por lo tanto escuchaba a todos los sectores de la sociedad. Los Kirchner no tienen vocación de diálogo. No están dispuestos a dialogar con ciertos sectores. Por lo tanto no son democráticos. Alfonsín fue un mejor gobernante que Néstor y Cristina.
Claramente, el discurso hegemónico confunde Democracia con Republicanismo. Alfonsín, en todo caso, fue un presidente republicano, lo cual no implica necesariamente que haya sido democrático. Illia y Frondizi también fueron republicanos. Quizá más que los Kirchner. Sin embargo, cuando el candidato que no pudo presentarse a las elecciones que ellos ganaron tuvo la posibilidad de hacerlo, obtuvo el 63% de los votos. Garantizar las formas no implica garantizar el contenido.
Otra de las maneras en que se manifiesta este discurso formalista es la falta de corrupción. Así, no ser corrupto parecería ser una garantía de ser un buen gobernante. La corrupción sería la causa principal de los problemas económicos nacionales. Una vez más, la forma opaca al contenido.
Lo que no se evalúa en este discurso es lo que todavía algunos llamamos “La cuestión nacional”. Es decir, que la contradicción principal de la Argentina (y del tercer mundo en general) no es republicanismo o autoritarismo, derechas o izquierdas, sino la todavía vigente Patria o Colonia. Los problemas económicos argentinos son consecuencia de la situación semicolonial de su estructura económica. Administrando una economía semicolonial de manera honrada no se logra una distribución equitativa de la riqueza, inclusión social, mano de obra, ni parámetros básicos de salud y educación. La corrupción es una consecuencia y no una causa del “subdesarrollo” argentino.
En un más que interesante trabajo sobre la Unión Cívica Radical titulado “"Historia Crítica del Radicalismo (El fraude alfonsinista)", de 1989, Jorge Enea Spilimbergo decía lo siguiente: “Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Árabes son hoy el “el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta que los pozos se sequen o el petróleo se deprecie o los mercados se cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente pasajera, de una dependencia privilegiada”. El comentario se refiere a un discurso en el que el ex mandatario había manifestado cierta nostalgia por la “edad de oro” de la república oligárquica.
Entonces, el discurso dominante nos plantea lo siguiente: Los problemas argentinos son, a nivel económico la corrupción y a nivel político la falta de republicanismo. Este discurso decodifica a Alfonsín en esos términos. Lo construye como un presidente republicano y no corrupto. Es decir, un ejemplo. Un espejo en el cual debería mirarse la sociedad argentina y con el que también debería comparar al kirchnerismo, corrupto y no republicano por donde se lo mire.
Una vez más, no se dice que es imposible generar consensos con los grupos económicos concentrados, con la Sociedad Rural, con las empresas periodísticas (vale aclarara que la industria info-comunicacional es la que más dinero mueve en el mundo después de la armamentística. Todo un dato). Cuando un gobierno quiere priorizar el mercado interno, la industria nacional, la inclusión social, la salud y la educación públicas, difícilmente pueda generar consensos con quienes proponen desabastecer el mercado interno, minimizar las funciones del Estado y privilegian al capitalismo financiero por sobre el productivo.
Hay otra decodificación posible del símbolo Alfonsín. El Alfonsín que fue víctima de un golpe de mercado, el Alfonsín que fue abucheado en la Sociedad Rural en su discurso de 1988, el Alfonsín que promulgó la ley de divorcio, el Alfonsín que enjuició a las juntas. Y que fue resistido por los mismos que hoy resisten al Gobierno. Por la Sociedad Rural, por las jerarquías eclesiásticas, por los sectores militares cipayos, por lo grupos concentrados del poder económico.
Según esta última interpretación, Alfonsín también debería ser un espejo en el cual mirar. Pero no un espejo para comparar la imagen deseable con la real y lamentarse por la pérdida de los valores supuestamente indispensables que se perdieron, como consecuencia de la decadencia moral argentina, que, según los dueños de la palabra, parecería no detenerse nunca. Alfonsín es otro tipo de espejo. Un espejo retrovisor. Fundamental para mirar atrás mientras se avanza. Para darnos cuenta de que los mismos que lo derribaron y lo odiaron son hoy los que lo ensalzan, porque ya no molesta y el centro de su odio hoy es otro gobierno. Y que de esa experiencia pasada es fundamental aprender para seguir en el camino. Miremos cómo y por qué tuvo que abandonar el camino Alfonsín. Porque los mismos que lo sacaron a él de la ruta, son los que hoy están tratando de sacar al gobierno. Porque, se sabe, las rutas son de ellos y nadie puede transitarlas fuera de los mapas que ellos trazan.
Así deberíamos interpretar al símbolo Alfonsín. Como una víctima de los mismos sectores que hoy atacan al Gobierno. Si no miramos hacia atrás, difícilmente podamos seguir mucho tiempo hacia adelante.
En un breve e intenso ensayo que lleva por título “Reflexiones sobre el sin límite tecnológico”, en el cual analiza los imaginarios sociales del desarrollo tecnológico, Daniel Cabrera pone un interesante ejemplo. La legislación de varios países obliga a los automovilistas a llevar en el espejo retrovisor un pequeño cartel con la siguiente advertencia: “Los objetos que se ven están más cerca delo que parecen”. Al evaluar la experiencia alfonsinista, cada uno de nosotros debería llevar el mismo recordatorio. Los que lo odiaron y lo voltearon siempre están y, actualmente, mucho más cerca de lo que parecen.

domingo, 26 de julio de 2009

Mirtha Legrand: el gorilismo basado en el sentido común.


Supongo que todos conocemos una señora entrada en años semi fascistoide. El axioma de Churchill según el cual no ser de izquierda a los 20 años es no tener corazón y no ser de derecha a los 40 no tener cerebro puede constatarse con bastante frecuencia. Digamos que a los 80 años (los que llegan), probablemente sean “de derecha”.
Si pensamos en esa anciana que conocemos, seguramente veamos que sus opiniones suelen ser infundadas, determinadas por el sentido común construido mediáticamente (EJ: Chávez ganó prácticamente todos los referendos y elecciones a las que se presentó, pero es un dictador) y que su consumo cultural más ambicioso es el Clarín del domingo.
Suele ser hasta gracioso escucharlas opinar, ya que antes de que emitan su voto se sabe lo que van a decir: pena de muerte, el que no trabaja es porque no quiere, este o aquél tienen “pinta” de chorro, pobres hubo siempre, etc. Metidas a opinar sobre la actualidad política, la posibilidad de prever sus juicios no es menor: el gobierno provocó una pelea entre los argentinos, el gobierno ataca al campo infundadamente, Moreno es poco menos que López Rega, las organizaciones son llevadas a los actos, Argentina está aislada del mundo, etc. Uno está tan acostumbrado a cruzarse con este tipo de señoras, que difícilmente entable una discusión seria con alguna cuando las ve en una reunión social, cumpleaños, asado, casamiento y demás.
Son personajes que habitan la sociedad argentina. Como el machista, el misógino, el mitómano, el tío soltero, el apolítico, el fanático, la feminista, el cheto, el flogger y el emo. Personajes a veces inofensivos, que hasta pueden ser simpáticos. Pero uno sabe que esa simpatía se debe a que sus opiniones no viajan muy lejos. Quedan ahí, en el asado, en el cumpleaños o en el casamiento. Por eso se las puede recordar con cierta gracia. “¿Te acordás esa vieja que estaba en aquel cumpleaños? ¡Qué gorila que era!”. Y nos reímos rememorando el nivel de fascismo delirante de la señora en cuestión.
¿Pero qué pasa cuando una de esas señoras tiene un programa de televisión? ¿Hasta qué punto es inofensiva cuando sus opiniones basadas en el sentido común llegan a todo el país? ¿Qué ocurre cuando su mediocre y unilateral construcción de la realidad se inserta en un dispositivo masivo?. Por otro lado, ¿a quién beneficia que esa señora fascistoide se mantenga en el aire hace 40 años? ¿A qué público se dirige la señora? ¿Qué responsabilidad hay en una anciana que hace una intervención política clara en el canal de uno de los principales referentes de la oposición escondiéndose detrás de la “objetividad” y “los intereses del país”?. Todas preguntas que surgen al mirar los aburridísimos almuerzos de la señora Mirtha Legrand.
Desde el comienzo, hay que sospechar de un programa que se dice objetivo cuando los invitados son casi en su totalidad referentes de la oposición. Mucho más cuando los pocos defensores del gobierno nacional que van siempre deben compartir la mesa con algún opositor, mientras la regla son los almuerzos con la totalidad de asistentes antikirchneristas. Por otro lado, cuesta creer que alguien piense que algún programa de América (parte de cuyo paquete accionario pertenece a de Narváez) con intencionalidad política es independiente.
En su programa, la señora se despacha con reflexiones del tipo de: “no me importa nada lo que pasa en Honduras”, “yo defiendo los intereses del país”, “este gobierno tiene una actitud de odio hacia el campo”, “Perón fue Nazi”, “han dividido a los argentinos”, “el país no puede vivir sin el campo”, etc. Como se ve, los lugares comunes de la autóctona anciana reaccionaria.
Y aquí surge una cuestión sobre la que vale la pena reflexionar: ¿Por qué Mirtha Legrand es una opinión legítima a la hora de opinar políticamente? El discurso mediático la ensalza como una “gran periodista” que “cada día pregunta mejor” y en una discusión política no es raro que alguien recurra a la señora como autoridad teórica en que basa su argumento.
Esto me dispara otras dudas: ¿cuál es el grado de degradación cultural que atraviesan ciertos sectores medios argentinos? ¿Qué ocurre para que se pase a legitimar el gorilismo desde Martínez Estrada o Cortázar a legitimarlo desde Mirtha Legrand? ¿Por qué la opinión de una mujer culturalmente nula es tan respetada? ¿la fama de “gran periodista” de Legrand se debe a que no se pueden buscar opiniones políticas por fuera del dispositivo mediático y por lo tanto hay que cubrir determinados espacios con lo que el mismo ofrece?. Si la anciana reaccionaria siempre estuvo con el gobierno de turno, ¿por qué ahora es opositora? ¿su transformación no tiene nada que ver con el canal en el que trabaja?.
Vuelvo a repetir, todos conocemos una vieja fascista. Como todos conocemos un machista, un violento, un eugenista, una feminista radical, un anti-político y un estafador. No sería deseable que ninguno de estos personajes tenga un programa de televisión. La vieja fascista no es excepción.

viernes, 24 de julio de 2009

El pueblo, la gente y los sentidos hegemónicos a la hora de construir lo social discursivamente.


“Entiendo por pueblo a las clases sociales expoliadas o lesionadas por el imperialismo” (Juan José Hernández Arregui)

El pueblo ha muerto. Si algún desprevenido no se había enterado, lamento ser el encargado de tener que dar tan funesta noticia. Lo mató “la gente” y usurpó su lugar en el universo de las representaciones mediáticas sobre lo social.
La diferencia básica es que frente a los clivajes y oposiciones que genera la idea de “Pueblo”, el concepto de “Gente” anula todo tipo de diferenciación hacia adentro de una comunidad. Es decir, el pueblo se opone a un no pueblo. La gente no se opone a nada. En todo caso, a nada humano. No todos somos pueblo, pero todos somos gente.
Cuando Rodolfo Puiggrós tuvo la idea de escribir una historia de los partidos políticos argentinos, en cinco tomos, al primero (que versaba sobre el proyecto conservador) lo tituló “Pueblo y oligarquía”. Se trataba de dos opuestos irreconciliables debido, básicamente, a que en el proyecto de país de la oligarquía el pueblo sobraba y en un proyecto popular sobraban la oligarquía y su modelo socioeconómico.
Si Puiggrós viviera, quizá debería re-titular a ese primer tomo como “Gente y oligarquía”. Pero en tal caso se trataría de un oxímoron, una contradicción patente. Porque la oligarquía, que objetivamente se opone al pueblo, sin embargo forma parte de la gente.
Con la gente ya no hay rebelión popular legítima. Básicamente porque nadie puede gobernar en defensa de los intereses de la gente, de la que forman parte Biolcati y el último habitante de la villa 1-11-14. Si se beneficia a uno, por definición se perjudica al otro. Por lo tanto, el mensaje parece ser que hay que hacerlo lo más a favor posible de las clases dominantes, que son las que suelen poseer el favor (y a veces la propiedad) de los aparatos culturales, productores de sentido.
Si se gobierna a favor de sus intereses, se gobierna en defensa de la paz social, la concertación, el diálogo, etc. Si se gobierna a favor del pueblo se es sectario, revanchista, divisionista, etc.
Quizá, el hecho fundamental sea que cuando se gobierna en contra de las clases dominantes, éstas pueden hacer llegar su versión de los hechos a toda la sociedad. Algo que en el caso de los sectores populares, que no cuentan con enormes aparatos de construcción y difusión de sentidos, se vuelve una tarea ciclópea.
Miche Foucault, conocido filósofo inserto en ese gran discurso al que se llamó posmodernidad, escribió en su libro “Las palabras y las cosas” que el hombre, como representación, había muerto. La discursividad occidental ya no podía pensarse en función del sujeto, que era un invento de la modernidad y que había muerto con ella.
El discurso mediático ha tomado dos premisas de la posmodernidad. Primero el acontecimiento, el evento, descontextualizado y al margen de cualquier referencia más amplia que el acontecimiento mismo. Se rompe cualquier tipo de relación con un momento anterior. El hecho no se relaciona con ningún tipo de acontecimiento previo. Cada cosa ocurre independientemente de las demás. La inseguridad, por caso, es culpa de “la droga”. Los pibes fuman paco y a falta de algo más interesante que hacer salen a afanar y si pueden, de paso, te matan. Porque sí, porque son así de locos. Obviamente, que la sociedad argentina haya pasado de ser una de las más cohesionadas del América a que ahora el 10% más alto obtenga 40 veces más ingresos que el 10% más bajo, el proceso de desindustrialización aberrante, la des- institucionalización, el deterioro del sistema educativo, la corrupción policial y la reconversión financiera de la economía post Martínez de Hoz, no tienen nada que ver. Esos son otros eventos, otros acontecimientos en nada se relacionan con la inseguridad.
Otro eje posmoderno es la muerte del pueblo. El hombre murió, dice Foucault. Hay fuerzas en tensión de las que el individuo forma parte, pero ya no constituye nada sino que actúa en función de esas fuerzas. Acá, en Argentina, murió el pueblo. Lo social ya no puede pensarse en función de él. Ahora hay que hacer lo posible para conformar a todos, a la gente. Si no se puede, a los que más se quejan y más lejos pueden hacer llegar sus quejas. Si no, te quedaste en el tiempo. Te pasó por encima el tren de la historia.
A todo esto, hay que agregarle una dosis de unitarismo, siempre vigente en el discurso hegemónico nacional.
El miércoles 15 de abril, María Laura Santillán puso cara de situación, miró a cámara y dijo acongojada “se confirmó la peor sospecha, el dengue llegó a Capital y el conurbano”. Así es, la peor sospecha no es que el dengue mate pobres chaqueños, sino que también pueda afectar a gente como uno.
Así las cosas, Gente (y no pueblo), relatos fragmentarios y unitarismo. Una combinación poco feliz constituye la matriz comunicacional masiva en la Argentina.
Puiggrós tenía razón. Con el pueblo o con la oligarquía. La Gente, en cambio, sigue siendo un concepto acorde a la frivolidad y la chatura mental de ciertos estratos medios. ¿O alguien cree que la revista de la editorial Atlántida podría llamarse “Pueblo”?.

miércoles, 22 de julio de 2009

La construcción mediática de de Ángeli.


En tiempos en que los discursos alternativos al omnipresente discurso mediático escasean, el modo en que éste interpreta/construye la realidad no carece de importancia a la hora de definir los sentidos que circulan a lo largo y a lo ancho del espacio público. No es que no haya discursos contrahegemónicos, sino que a éstos le es enormemente dificultoso difundir sus posturas a nivel masivo, lo que, en la era de la construcción mediática de la realidad, equivale a desaparecer de la esfera pública.
El modo en que la corporación mediática representa a la figura de Alfredo de Ángeli es un caso paradigmático del peso que los medios tienen a la hora de producir significaciones legítimas sobre determinados aspectos políticos, económicos y sociales.
Probablemente de Ángeli ignore (entre tantas otras cosas) que el siglo XVIII cobijó a un filósofo francés llamado Jean Jacques Rousseau. Para este pensador, que se oponía a muchas de las tendencias que la ilustración ya empezaba a mostrar por esos años, la vida en sociedad corrompía determinadas aptitudes virtuosas, que el ser humano poseía por naturaleza. Rousseau creía que el hombre era mucho más bueno y noble cuando más cerca del estado de naturaleza y más alejado de las sociedades occidentales se hallaba. En las ciencias humanas occidentales se conoce a esta idea rousseauniana, según la cual el paso del estado de naturaleza al estado social implicaba una degeneración, como el mito del “buen salvaje”. Es decir, cuando más cerca está el hombre del estado de naturaleza, más bueno, noble y virtuoso es.
Rousseau murió en 1778, once años antes de la revolución francesa. Probablemente, si hubiera vivido hasta nuestros días (y si tomara linealmente la construcción política que realizan los medios masivos), estaría feliz de poder comprobar que el “buen salvaje” no es un mito, sino que realmente existe. Especímen poco dado al raciocinio, que actúa impulsivamente y carece de cualquier tipo de instancia reflexiva, habita en el sudeste de la provincia de Entre Ríos, y se lo conoce popularmente como “el melli” o “el torito”. Su nombre científico: Alfredo de Ángeli.
La idea imperante es que la rusticidad de sus modales, su lenguaje escasamente trabajado, lo primario de su pensamiento político, económico y social, un uso del lenguaje deslegitimado a los ojos de los medios capitalinos (aunque de uso frecuente en la parte sur de la Mesopotamia) y su nivel intelectual, que raya el analfabetismo, son aspectos que legitiman cualquier tipo de intervención pública de este primate y lo excusan de los exabruptos que comete frecuentemente. Sin embargo, detrás de esta inocencia que garantizaría su condición salvaje, hay un discurso fascista, reaccionario y con un proyecto económico que, una vez más, tiene por protagonistas a los privilegiados de siempre, sin contemplar al resto del pueblo argentino.
Recientemente, el propietario rural manifestó que el ex presidente Néstor Kirchner era “un pelotudo”. Cuando se le recriminó lo poco elaborado políticamente de su argumento, contestó que “lo dicho, dicho está”, que fue “un momento de calentura” y que la culpa era del gobierno por “llevarnos a esto”. Los mismos medios que por esos días trinaban de indignación porque Florencio Randazzo, Ministro del Interior, había dicho que Clarín actuaba como un partido político, muy poco se indignaron por las expresiones del ruralistas. Claro está, nadie en su sano juicio puede enojarse por los exabruptos de un animalito, que está más cerca del estado de naturaleza que del social.
Luego, incapaz de ocultar su condición de patrón de estancia, dejó de lado su constante predica a favor de la república, el Congreso y las instituciones para afirmar que “hay que juntar a los empleados en las estancias y decirles a quien hay que votar”. Ricardo Güiraldes sonrió desde la eternidad, y el fantasma de la década infame y el “fraude patriótico” volvió a sobrevolar por estas tierras. La institución mediática, que se rasga las vestiduras ante el “clientelismo” y los supuestamente poco republicanos métodos de los Kirchner, no condenó en lo más mínimo las expresiones antidemocráticas de de Ángeli. Más tarde, él mismo aclaró que se lo había “malinterpretado”, ya que no había querido decir que iba a decirles a los empleados a quién votar, sino a quien no votar. El primate no entendió que lo reprochable era condicionar o determinar el voto de los peones, y no si se hacía por la positiva o por la negativa. Los medios no, tan incisivos a la hora de cuestionar al gobierno, no se lo dijeron.
Queda claro que al poder económico no le molesta el clientelismo, sino el pueblo en la calle. De lo contrario, es inexplicable su condena permanente al “clientelismo” de los gobiernos populares y su silencio ante el clientelismo de los patrones de estancia, cuyo objetivo es derrocar al gobierno nacional.
Más allá de estas cuestiones concretas, el mito del buen salvaje es un artilugio muy peligroso utilizado por el poder económico-comunicacional. Escudándose en el pseudo analfabetismo de un propietario rural reaccionario, la derecha argentina se permite decir todo aquello que piensa, pero que es políticamente incorrecto. Al igual que los canarios que los mineros llevaban delante de sí, para constatar si había un escape de alguna sustancia tóxica en una mina, la función de de Ángeli es tantear hasta dónde se puede ir con el clima destituyente y los ataques frontales al gobierno. Cuando los “exabruptos” son bien tolerados por la sociedad, nadie dice nada. Cuando, en cambio, la sociedad considera que el melli se excedió, sus compañeros de la mesa de enlace salen a cuestionar sus dichos y anotan dónde está el umbral de lo tolerable y de lo decible.
Claro está, cuando en sus extralimitaciones se advierte el discurso abiertamente fascista, antidemocrático y antipopular de de Ángeli, el sentido común construido por los medios aparece: “¿cómo lo vas a tomar en serio?, es un pobre tipo que no terminó la primaria”. O, peor aún “no sabe lo que dice, si es un bruto”.
Se nos quiere hacer creer que su brutalidad e ignorancia son garantía de su bondad, virtud y buenas intenciones. El buen salvaje fue una idea rousseauniana para contrastar el avance indetenible de la ilustración y la modernidad. No sería recomendable que hoy, 230 años después, sigamos creyendo en lo que, a todas luces, es un mito.

martes, 21 de julio de 2009

CQC: la frontera entre la razón popular y la razón mediática.

"Destiérrese de las sociedades cultas el pernicioso abuso de la prensa" (Simón Rodríguez).

En los últimos días circulo la noticia. En el segmento “proteste ya”, del programa periodístico Caiga Quien Caiga (CQC), el intendente de la localidad rionegrina de El Bolsón agredió físicamente al notero Gonzalo Rodríguez.
El hecho se propagó automáticamente por toda la agenda mediática. La condena al funcionario público fue la única voz que sonó al respecto. Sin embargo, el acontecimiento pone en escena una cuestión medular: la frontera entre el espacio público y la actividad privada.
Al margen de la agresión en sí, el hecho condenable es otro. ¿Qué poder tiene una empresa privada para increpar a un intendente elegido por la ciudadanía de El Bolsón?. Es decir, ¿Quién invistió a la producción de CQC de la autoridad moral necesaria para poder juzgar a un funcionario público?.
Desconozco el accionar del Romera en la intendencia. Sin embargo, la cobertura mediática del hecho me dispara algunas reflexiones. ¿Qué se busca exactamente con la “espectacularidad” de las intervenciones periodísticas de este tipo?, ¿Quién es el representante de una corporación privada como TELEFE para decir quién hace las cosas bien y quién las hace mal?, ¿Por qué en ningún medio se consultó al pueblo de El Bolsón para ver si su opinión coincidía con la del periodista de CQC? (dejo este ilustrativo video realizado por un medio local
http://www.youtube.com/watch?v=3DElYugmc9w), ¿Alguien sabe a qué partido pertenece Romera?, ¿lo único noticiables es la agresión física del funcionario?.
Si Romera llamó a un plebiscito no vinculante, ¿CQC tiene la autoridad política para hacerlo vinculante?. Desde ya que el plebiscito debe ser escuchado, pero ¿es un programa de televisión el encargado de imponer la decisión de la ciudadanía?.
Como dije antes, desconozco la trayectoria política y las acciones que Romera emprende desde la intendencia. Pero aun suponiendo que la población de la ciudad esté descontenta con su mandato, ¿la voluntad invasiva de un canal de televisión privado prevalece por sobre la voluntad popular?, ¿no existen mecanismos dentro del espacio público para que el pueblo de la ciudad rionegrina manifieste su descontento?, ¿qué ocurre cuando una corporación mediática se erige en guardiana de las decencia y las buenas costumbres y el método que elige para hacerlas respetar es el ataque frontal e invasivo a un funcionario electo por el pueblo?, ¿quién votó a Gonzalo Rodríguez para que increpe de ese modo a un funcionario electo? En síntesis…¿se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal?.
El problema aparece cuando una empresa privada cree que debe hacer “justicia” por encima de las instituciones públicas que se encargan de la misma. En el video se escucha claramente cuando un productor del programa le dice a Romera que “acá quemaron una radio”. Si dicha persona tiene las pruebas, ¿debe hacer la denuncia correspondiente para que el poder judicial se encargue de la investigación o debe ingresar con una cámara a la intendencia a acusar al funcionario?. Y si no tiene las pruebas suficientes…¿qué acción hay que tomar contra alguien que realiza semejante denuncia infundada?. ¿Qué concepción tiene de la opinión pública un programa que forma parte de una empresa multimilloaria y se representa a sí mismo con el tábano socrático que debía "aguijonear" a la sociedad cuando esta parecía quedarse dormida?. ¿Sólo quienes tienen el dinero suficiente para disponer de un espacio televisivo en unos de los canales privados más importantes de Argentina son capaces de "aguijonear" las conciencia pública?.
Si el plebiscito no vinculante dio como resultado que la voluntad popular es el no traslado del aeropuerto (esa era la “denuncia” que trataba la nota), el intendente debería obedecer a ese reclamo. Si no obedece, el pueblo de El Bolsón, en caso de que considere que el hecho merece real castigo, podrá no votar a Romera en las próximas elecciones o movilizarse para que se cumpla su decisión. Cuando un intendente no cumple con los resultados de un plebiscito, la ciudadanía puede corregir el rumbo, ya sea movilizándose o eligiendo otro modelo en los siguientes comicios. Cuando se considera normal que una corporación privada quiera imponer su razón por encima de la voluntad popular y de las instituciones públicas y la víctima pasa a ser victimario, difícilmente haya vuelta atrás.


El ataque mediático al gobierno.

La institución mediática

El ataque mediático al Gobierno es multifacético. Los argumentos para desprestigiarlo son variados y caóticos, y muy poco o nada tienen que ver entre sí.
Los económicos no son novedosos. Al contrario, son los que el “establishment” ha enarbolado históricamente (como decía Arturo Jauretche, la oligarquía argentina es tan cipaya que fue incapaz de darse un nombre en español y se bautizó con el vocablo sajón “establishment”). Parecería ser que la única forma de atenuar los efectos de esta crisis es con más librecambio, liberando las exportaciones de materias primas y commodities, lo que generaría una masa de riqueza que de alguna forma que nadie explicita, sin ningún tipo de intervención estatal, en algún momento beneficiaría al resto de la sociedad no propietaria de dichas mercancías.
El problema del establishment es que he perdido dos de sus argumentos históricos, a saber: 1) La prolijidad fiscal, 2) el modelo de los “países serios”.
El Gobierno kirchnerista se la arrebatado a la derecha esta primer bandera. Con un superávit que ronda los 45000 millones de dólares y un crecimiento de 6 años consecutivos, los sectores liberales se han quedado sin uno de sus caballitos de batalla predilectos a la hora de atacar a los gobiernos populares/populistas desde el discurso económico ortodoxo.
El segundo caso es aún más evidente. Frente a la supuesta deformación de la economía que genera la planificación estatal, las maravillosas consecuencias que nos provee la liberalización económica y financiera explotaron y en ese proceso se llevaron a buena parte de los países desarrollados. Europa y EEUU nos ofrecen a diario ejemplos sobre lo beneficiosa que es la desregulación financiera para las sociedades occidentales. Bancos gigantescos que quiebran, desempleo masivo, recesión y caos social son algunas de las maravillas que nos otorgaría la economía neoliberal. Algo que los argentinos ya sabemos de sobra y que, se supone, no deberíamos querer experimentar nuevamente.
Sin embargo, a pesar de pruebas tan contundentes en su contra, la derecha insiste con sus argumentos. Claro que cuenta con un aliado importante: el poder mediático.
Aclaro, no creo que los medios sean todopoderosos ni que el pueblo sea estúpido. Parafraseando a Stuart Hall “creer que la gente consume medios porque es idiota es muy poco socialista”. Y muy poco nacional/popular, podríamos agregar nosotros.
Sin embargo, en una sociedad en que la mayoría de las instituciones que producían, orientaban, condicionaban o contenían subjetividades se hallan en una crisis evidente, la única institución que quedó en pie cuenta con una ventaja enorme a la hora de moldear conciencias. Seamos claros: cuando la escuela fue la institución dominante, moldeó conciencias. Cuando lo fue el ejército, moldeó conciencias. Cuando lo fueron las unidades básicas, moldearon conciencias. La iglesia moldeó conciencias. La familia moldeó conciencias. Cuando el resto de las instituciones caen y la institución mediática se fortalece sería difícil que no moldeara conciencias. La gente no es idiota por consumir medios, como no fue idiota por ir a la escuela, por escuchar a su familia, por ir a la iglesia o por ingresa al ejército.
Sin embargo hay una diferencia fundamental. Los medios, al mismo tiempo que producen ideología producen valor. Venden la mercancía-ideología. Es decir que obtienen ganancias por difundir discursos. Por lo tanto sus dueños, por lo general, tienden a producir la ideología que les convenga. Tanto a ellos como a sus anunciantes, que son los que aportan el combustible a la maquinaria.
El gobierno no es socialista, comunista ni estatista. Está claro (solamente un energúmeno como Mariano Grondona puede sostener que el kirchnerismo es “anticapitalista”). Pero no se puede analizar al gobierno sin analizar lo que hay enfrente. Y basta que el Gobierno intente realizar un movimiento económico, social o político en contra del establishment y su ideología para que los medios lo ataquen. Así son los dueños de los medios de incomunicación, de las empresas que publicitan en ellos y que los mantienen vivos y del capital concentrado. Un mínimo giro que podría llegar a perjudicarlos y lanzan sus maquinaria discursivo-ideológica contra el Gobierno Nacional.
No está mal, es lógico. Ninguna clase social se suicida. También es lógico que quieran vender su verdad como “la verdad”. Y es lógico que quienes la compartan la defiendan. Pero no seamos tan ingenuos como para no advertir la maniobra grosera que hay detrás del ataque mediático al kirchnerismo. Y no compremos su verdad como la verdad, cuando no es más que eso, la verdad del poder mediático-económico.
El ataque es múltiple. A sus facetas económicas, políticas (el supuesto autoritarismo, la falta de republicanismo, el papel de D´elía, etc.) y sociales (la gente que va a los actos es llevada, cada vez hay más pobreza, se agrandó la brecha entre ricos y pobres) ahora se suma la farandulera. Si el ama de casa no lee el diario y no ve los noticieros, se enterará por intrusos (el programa más visto del canal de De Narváez) que el gobierno es malo y debe venir otro mejor.
Claro que las opciones posibles son Carrió, Macri, Cobos, Binner y demás gobernantes “populares”. Ahí, seguramente callarán las críticas y la inseguridad (tanto la física como la jurídica), la "falta de seriedad" o la "falta de diálogo" serán menores o desaparecerán de la agenda. Y se felicitará al cipayo de turno que retire las retenciones por haber ayudado a “pacificar al país”.
Scalabrini Ortiz dijo alguna vez que Perón tenía muchísimos errores y si hubiese que elegir entre él y el arcángel Gabriel, sin dudas lo votaría al arcángel. Pero como la opción era Perón o Pinedo, sin dudas lo votaba a Perón. Parafraseándolo, como la opción es Cristina o Carrió, Macri, Pinedo (nieto) o Binner, sin dudas, estoy con Cristina.

Presentación.

Ante todo, mi más sinceros reconocimientos a José Pablo Feinmann y su acertada teoría según la cual "cualquier pelotudo tiene un blog". Este espacio no es más que una confirmación de dicho axioma.
En cuanto al contenido, la idea (poco original) es expresar todo mi fastidio y rencor para con la cobertura de la situación económica, política y social argentina que realizan las grandes empresas periodísticas.
Lo que se publique en este espacio no pretende ser un corpus teórico coherente. No encontrarán rigurosos análisis académicos ni investigaciones exhaustivas acerca del desempeño de los medios de comunicación masivos. Lo que pongo a consideración son, simplemente, reflexiones sobre el accionar de los mismos y su incidencia en la vida política nacional.
Se irán publicando cosas que he escrito y otras tantas que escribiré, sin ningún tipo de estructuración cronológica ni temática.
Desde ya, vale aclarar que cualquier tesis relacionada con el supuesto poder manipulador de los medios y la idiotez de sus consumidores estarán absolutamente excluidas. La propuesta es, vuelvo a decirlo, reflexionar sobre este actor imprescindible de la vida política contemporánea, con la certeza de que su poder no se debe a la capacidad de colonizar conciencias sino a otros aspectos (por ejemplo, a la ausencia total de cualquier otro fuerte discurso con poder simbólico).
Si he de serles sincero, preferiría tener un canal de televisión, pero mi situación económica no me da para mucho más que esto.

A su disposición.

TAC.