
En tiempos en que los discursos alternativos al omnipresente discurso mediático escasean, el modo en que éste interpreta/construye la realidad no carece de importancia a la hora de definir los sentidos que circulan a lo largo y a lo ancho del espacio público. No es que no haya discursos contrahegemónicos, sino que a éstos le es enormemente dificultoso difundir sus posturas a nivel masivo, lo que, en la era de la construcción mediática de la realidad, equivale a desaparecer de la esfera pública.
El modo en que la corporación mediática representa a la figura de Alfredo de Ángeli es un caso paradigmático del peso que los medios tienen a la hora de producir significaciones legítimas sobre determinados aspectos políticos, económicos y sociales.
Probablemente de Ángeli ignore (entre tantas otras cosas) que el siglo XVIII cobijó a un filósofo francés llamado Jean Jacques Rousseau. Para este pensador, que se oponía a muchas de las tendencias que la ilustración ya empezaba a mostrar por esos años, la vida en sociedad corrompía determinadas aptitudes virtuosas, que el ser humano poseía por naturaleza. Rousseau creía que el hombre era mucho más bueno y noble cuando más cerca del estado de naturaleza y más alejado de las sociedades occidentales se hallaba. En las ciencias humanas occidentales se conoce a esta idea rousseauniana, según la cual el paso del estado de naturaleza al estado social implicaba una degeneración, como el mito del “buen salvaje”. Es decir, cuando más cerca está el hombre del estado de naturaleza, más bueno, noble y virtuoso es.
Rousseau murió en 1778, once años antes de la revolución francesa. Probablemente, si hubiera vivido hasta nuestros días (y si tomara linealmente la construcción política que realizan los medios masivos), estaría feliz de poder comprobar que el “buen salvaje” no es un mito, sino que realmente existe. Especímen poco dado al raciocinio, que actúa impulsivamente y carece de cualquier tipo de instancia reflexiva, habita en el sudeste de la provincia de Entre Ríos, y se lo conoce popularmente como “el melli” o “el torito”. Su nombre científico: Alfredo de Ángeli.
La idea imperante es que la rusticidad de sus modales, su lenguaje escasamente trabajado, lo primario de su pensamiento político, económico y social, un uso del lenguaje deslegitimado a los ojos de los medios capitalinos (aunque de uso frecuente en la parte sur de la Mesopotamia) y su nivel intelectual, que raya el analfabetismo, son aspectos que legitiman cualquier tipo de intervención pública de este primate y lo excusan de los exabruptos que comete frecuentemente. Sin embargo, detrás de esta inocencia que garantizaría su condición salvaje, hay un discurso fascista, reaccionario y con un proyecto económico que, una vez más, tiene por protagonistas a los privilegiados de siempre, sin contemplar al resto del pueblo argentino.
Recientemente, el propietario rural manifestó que el ex presidente Néstor Kirchner era “un pelotudo”. Cuando se le recriminó lo poco elaborado políticamente de su argumento, contestó que “lo dicho, dicho está”, que fue “un momento de calentura” y que la culpa era del gobierno por “llevarnos a esto”. Los mismos medios que por esos días trinaban de indignación porque Florencio Randazzo, Ministro del Interior, había dicho que Clarín actuaba como un partido político, muy poco se indignaron por las expresiones del ruralistas. Claro está, nadie en su sano juicio puede enojarse por los exabruptos de un animalito, que está más cerca del estado de naturaleza que del social.
Luego, incapaz de ocultar su condición de patrón de estancia, dejó de lado su constante predica a favor de la república, el Congreso y las instituciones para afirmar que “hay que juntar a los empleados en las estancias y decirles a quien hay que votar”. Ricardo Güiraldes sonrió desde la eternidad, y el fantasma de la década infame y el “fraude patriótico” volvió a sobrevolar por estas tierras. La institución mediática, que se rasga las vestiduras ante el “clientelismo” y los supuestamente poco republicanos métodos de los Kirchner, no condenó en lo más mínimo las expresiones antidemocráticas de de Ángeli. Más tarde, él mismo aclaró que se lo había “malinterpretado”, ya que no había querido decir que iba a decirles a los empleados a quién votar, sino a quien no votar. El primate no entendió que lo reprochable era condicionar o determinar el voto de los peones, y no si se hacía por la positiva o por la negativa. Los medios no, tan incisivos a la hora de cuestionar al gobierno, no se lo dijeron.
Queda claro que al poder económico no le molesta el clientelismo, sino el pueblo en la calle. De lo contrario, es inexplicable su condena permanente al “clientelismo” de los gobiernos populares y su silencio ante el clientelismo de los patrones de estancia, cuyo objetivo es derrocar al gobierno nacional.
Más allá de estas cuestiones concretas, el mito del buen salvaje es un artilugio muy peligroso utilizado por el poder económico-comunicacional. Escudándose en el pseudo analfabetismo de un propietario rural reaccionario, la derecha argentina se permite decir todo aquello que piensa, pero que es políticamente incorrecto. Al igual que los canarios que los mineros llevaban delante de sí, para constatar si había un escape de alguna sustancia tóxica en una mina, la función de de Ángeli es tantear hasta dónde se puede ir con el clima destituyente y los ataques frontales al gobierno. Cuando los “exabruptos” son bien tolerados por la sociedad, nadie dice nada. Cuando, en cambio, la sociedad considera que el melli se excedió, sus compañeros de la mesa de enlace salen a cuestionar sus dichos y anotan dónde está el umbral de lo tolerable y de lo decible.
Claro está, cuando en sus extralimitaciones se advierte el discurso abiertamente fascista, antidemocrático y antipopular de de Ángeli, el sentido común construido por los medios aparece: “¿cómo lo vas a tomar en serio?, es un pobre tipo que no terminó la primaria”. O, peor aún “no sabe lo que dice, si es un bruto”.
Se nos quiere hacer creer que su brutalidad e ignorancia son garantía de su bondad, virtud y buenas intenciones. El buen salvaje fue una idea rousseauniana para contrastar el avance indetenible de la ilustración y la modernidad. No sería recomendable que hoy, 230 años después, sigamos creyendo en lo que, a todas luces, es un mito.
El modo en que la corporación mediática representa a la figura de Alfredo de Ángeli es un caso paradigmático del peso que los medios tienen a la hora de producir significaciones legítimas sobre determinados aspectos políticos, económicos y sociales.
Probablemente de Ángeli ignore (entre tantas otras cosas) que el siglo XVIII cobijó a un filósofo francés llamado Jean Jacques Rousseau. Para este pensador, que se oponía a muchas de las tendencias que la ilustración ya empezaba a mostrar por esos años, la vida en sociedad corrompía determinadas aptitudes virtuosas, que el ser humano poseía por naturaleza. Rousseau creía que el hombre era mucho más bueno y noble cuando más cerca del estado de naturaleza y más alejado de las sociedades occidentales se hallaba. En las ciencias humanas occidentales se conoce a esta idea rousseauniana, según la cual el paso del estado de naturaleza al estado social implicaba una degeneración, como el mito del “buen salvaje”. Es decir, cuando más cerca está el hombre del estado de naturaleza, más bueno, noble y virtuoso es.
Rousseau murió en 1778, once años antes de la revolución francesa. Probablemente, si hubiera vivido hasta nuestros días (y si tomara linealmente la construcción política que realizan los medios masivos), estaría feliz de poder comprobar que el “buen salvaje” no es un mito, sino que realmente existe. Especímen poco dado al raciocinio, que actúa impulsivamente y carece de cualquier tipo de instancia reflexiva, habita en el sudeste de la provincia de Entre Ríos, y se lo conoce popularmente como “el melli” o “el torito”. Su nombre científico: Alfredo de Ángeli.
La idea imperante es que la rusticidad de sus modales, su lenguaje escasamente trabajado, lo primario de su pensamiento político, económico y social, un uso del lenguaje deslegitimado a los ojos de los medios capitalinos (aunque de uso frecuente en la parte sur de la Mesopotamia) y su nivel intelectual, que raya el analfabetismo, son aspectos que legitiman cualquier tipo de intervención pública de este primate y lo excusan de los exabruptos que comete frecuentemente. Sin embargo, detrás de esta inocencia que garantizaría su condición salvaje, hay un discurso fascista, reaccionario y con un proyecto económico que, una vez más, tiene por protagonistas a los privilegiados de siempre, sin contemplar al resto del pueblo argentino.
Recientemente, el propietario rural manifestó que el ex presidente Néstor Kirchner era “un pelotudo”. Cuando se le recriminó lo poco elaborado políticamente de su argumento, contestó que “lo dicho, dicho está”, que fue “un momento de calentura” y que la culpa era del gobierno por “llevarnos a esto”. Los mismos medios que por esos días trinaban de indignación porque Florencio Randazzo, Ministro del Interior, había dicho que Clarín actuaba como un partido político, muy poco se indignaron por las expresiones del ruralistas. Claro está, nadie en su sano juicio puede enojarse por los exabruptos de un animalito, que está más cerca del estado de naturaleza que del social.
Luego, incapaz de ocultar su condición de patrón de estancia, dejó de lado su constante predica a favor de la república, el Congreso y las instituciones para afirmar que “hay que juntar a los empleados en las estancias y decirles a quien hay que votar”. Ricardo Güiraldes sonrió desde la eternidad, y el fantasma de la década infame y el “fraude patriótico” volvió a sobrevolar por estas tierras. La institución mediática, que se rasga las vestiduras ante el “clientelismo” y los supuestamente poco republicanos métodos de los Kirchner, no condenó en lo más mínimo las expresiones antidemocráticas de de Ángeli. Más tarde, él mismo aclaró que se lo había “malinterpretado”, ya que no había querido decir que iba a decirles a los empleados a quién votar, sino a quien no votar. El primate no entendió que lo reprochable era condicionar o determinar el voto de los peones, y no si se hacía por la positiva o por la negativa. Los medios no, tan incisivos a la hora de cuestionar al gobierno, no se lo dijeron.
Queda claro que al poder económico no le molesta el clientelismo, sino el pueblo en la calle. De lo contrario, es inexplicable su condena permanente al “clientelismo” de los gobiernos populares y su silencio ante el clientelismo de los patrones de estancia, cuyo objetivo es derrocar al gobierno nacional.
Más allá de estas cuestiones concretas, el mito del buen salvaje es un artilugio muy peligroso utilizado por el poder económico-comunicacional. Escudándose en el pseudo analfabetismo de un propietario rural reaccionario, la derecha argentina se permite decir todo aquello que piensa, pero que es políticamente incorrecto. Al igual que los canarios que los mineros llevaban delante de sí, para constatar si había un escape de alguna sustancia tóxica en una mina, la función de de Ángeli es tantear hasta dónde se puede ir con el clima destituyente y los ataques frontales al gobierno. Cuando los “exabruptos” son bien tolerados por la sociedad, nadie dice nada. Cuando, en cambio, la sociedad considera que el melli se excedió, sus compañeros de la mesa de enlace salen a cuestionar sus dichos y anotan dónde está el umbral de lo tolerable y de lo decible.
Claro está, cuando en sus extralimitaciones se advierte el discurso abiertamente fascista, antidemocrático y antipopular de de Ángeli, el sentido común construido por los medios aparece: “¿cómo lo vas a tomar en serio?, es un pobre tipo que no terminó la primaria”. O, peor aún “no sabe lo que dice, si es un bruto”.
Se nos quiere hacer creer que su brutalidad e ignorancia son garantía de su bondad, virtud y buenas intenciones. El buen salvaje fue una idea rousseauniana para contrastar el avance indetenible de la ilustración y la modernidad. No sería recomendable que hoy, 230 años después, sigamos creyendo en lo que, a todas luces, es un mito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario