viernes, 14 de agosto de 2009

La hegemonía cultural oligárquica y el discurso mediático.


El denominado “conflicto con el campo” lleva ya casi un año y medio. En el mismo, las corporaciones comunicacionales han jugado un papel fundamental, alineándose casi totalmente detrás de la “mesa de enlace”, agrupación representativa de las patronales agrarias.
Esta ubicación automática de las empresas periodísticas detrás del sector que defiende el modelo social, económico y cultural del “granero del mundo”, regresivo, inequitativo y antipopular, tiene varios fundamentos.
En primer lugar, una coincidencia de intereses económicos. Vale recordar que uno de los accionistas del Grupo Clarín es José Antonio Aranda, presidente de la Asociación Braford Argentina, entidad encargada de promocionar las bondades de dicha raza vacuna. Por otro lado, nadie ignora que el periódico La Nación es, históricamente, un defensor aguerrido de los sectores concentrados de la economía pastoril y de su modelo social y cultural.
Estas dos empresas acaparan una porción mayoritaria de la oferta comunicacional argentina. Además de poseer los dos matutino más vendidos, Clarín es propietario de un sinnúmero de empresas relacionadas con la venta de información (radios, canales de tv, periodísticos, agencias de noticia, etc). Solo con estas dos corporaciones defendiendo a la mesa de enlace sería suficiente. Sin embargo fueron muchos otros los medios que se encolumnaron detrás de las patronales: Crítica, La Prensa, Crónica, C5N, etc.
Para comprender este fenómeno, la variable económica no es suficiente. Si bien Clarín y La Nación tienen intereses materiales concretos en el sector agrario, no todos los medios que se oponen a las retenciones están ligados al mismo. Aquí, creo, entra a jugar un aspecto cultural. Al respecto, dice Pablo Llonto en su biografía de Ernestina Herrera de Noble, “las escenas de la rebelión de los patrones del campo, convertidas y multiplicadas por los noticieros, arrastraron la decisión de romper lanzas. En una fracción, los principales accionistas del Grupo y muchos de sus jerárquicos comprendieron que esos rostros, de Barrio Norte; que ese lenguaje, de los cuarteles; que esos discursos, de la derecha, les pertenecían” (Pablo Llonto, La noble Ernestina, 2008, pág 18).
Es una buena descripción. Barrio Norte, los cuarteles y la derecha. La matriz ideológica de casi la totalidad del discurso mediático está descripta en esa cadena metonímica.
¿Por qué el poder mediático se sintió atacado cuando el gobierno intentó redistribuir la renta extraordinaria?. Como dije antes, entra a jugar acá un importante factor cultural. La sociedad argentina ha sido incapaz, 130 años después, de romper la hegemonía cultural oligárquica. Probablemente las empresas periodísticas se subieron al tren de la Mesa de Enlace con el mero objetivo de oponerse al Gobierno, al que consideran “estatista”, “que no respeta la libertad de prensa”, “autoritario”, “aislado del mundo” y demás sinsentidos. El dato a analizar, sin embargo, es que para desprestigiar al kirchnerismo se hacen cargo de un discurso legítimo a nivel social.
Que Biolcati diga en la inauguración de la exposición rural que el modo de reducir el hambre y la pobreza es volver a ser “granero del mundo” y muchos digan que es verdad, no es un hecho menor.
La sociedad argentina fue socializada bajo los parámetros del granero del mundo. Se nos hizo creer que sin campo no hay país, que el campo es la reserva moral de la patria, que el país es el campo, y demás incoherencias, absolutamente vacías de sentido.
A esto se le suma una dosis importante de discurso “criollista”. El mismo surge cuando, frente a la avalancha inmigratoria que amenazaba los valores culturales de la clase dominante, la oligarquía construyó a los inmigrantes en agentes peligrosos, portadores de ideologías contrarias a la identidad nacional, como el socialismo y el anarquismo. El criollo y el gaucho, otrora elementos que impedían la civilización y el desarrollo, pasaron a ser entonces el reservorio de las cualidades morales de la nación, frente a las ideologías foráneas. La capacidad de trabajo, el valor y la honradez pasaron a reinar en el campo, frente a la disolución del ser nacional que se iba asentando en las ciudades.
Hoy, 130 años después, nadie ha podido romper esos valores culturales. El super yo colonial, según el cual el país debe ser una granja abastecedora de materias primas, y el criollismo deshistorizante, para quien en el campo reina la virtud y en la ciudad la corrupción y el vicio (nótese que este discurso invierte el binarismo sarmientino, una vez que el mismo ya triunfó y el modelo en que se sustenta se ve amenazada por la inmigración) gozan de una legitimidad indiscutible.
Antes inculcado en la escuela pública, hoy ha pasado a nutrir parte esencial del discurso mediático. Y ayer como hoy, es el caballito de batalla de los sectores políticos y económicos más reaccionarios del país.
El granero del mundo, lo único que genera es miseria. No produce valor agregado ni puestos de trabajo y las ganancias quedan en manos de los poseedores de tierras, una clara minoría. El campo está estructurado en clases sociales, al igual que la ciudad, y la mera pertenencia al mismo no es garantía de ningún atributo moral.
Los medios son, hoy en día, los encargados de reactualizar la concepción cultural dependiente. No se trata de mentes siniestras elaborando planes, sino de la reproducción constante de la hegemonía cultural oligárquica, tan intacta hoy como en 1880 y que generalmente, funciona al margen de las subjetividades que la reproducen. Es el correlato lógico del vaciamiento de la escuela pública (aunque los medios han cambiado la antinomia campo-ciudad, por una incomprensible campo-gobierno).
Las clases dominantes y sus voceros (culturales, políticos y económicos) quieren imponer el granero del mundo, a costa de hambrear al pueblo y de generar un país colonial. El discurso es tan antiguo como el estado argentino mismo. Lo increíble es que todavía sea legítimo.

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