
Esto lo escribí cuando murió Alfonsín. Lo subo y lo pongo a consideración.
“La ruta está repleta
de caricaturas
que si pierden el bondi, Lobo,
ni se van a enterar”
“Lobo caído”. (Patricio Rey y sus redonditos de ricota).
Indudablemente, es difícil no tomar posición sobre cualquier tema que los medios de comunicación masivos ponen en agenda. Una vez instalado un determinado tópico, las discusiones se dan de acuerdo a la forma en que cada sector que actúa en el espacio público (medios de comunicación, sindicatos, partidos políticos, agrupaciones civiles, individuos, etc.) se posiciona en relación al mismo. No emitir opinión equivale a una especie de desaparición virtual, cuya consecuencia inmediata es dejar que sean otros lo que definan la interpretación legítima del símbolo que de discute (símbolo en sentido semiótico, como elemento significante, no “símbolo” en tanto que representación o síntesis de determinada corriente ideológica o política. Esta última parece ser la única definición de Símbolo que manejan los medios masivos). La muerte de Alfonsín, como fenómeno mediático, no escapa a este universo de disputas simbólicas.
Obviamente, a la hora de hacer circular discursos, son muchas más las posibilidades de difundir su interpretación que tiene, por ejemplo, el Grupo Clarín que una organización social del conurbano bonaerense o del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
La definición que los medios de comunicación han hecho del símbolo Alfonsín es clara. Frente al poco espíritu de diálogo que caracteriza al kirchnerismo, es bueno recordar la vocación del ex presidente radical para generar consensos. Se da a partir de ese discurso una concatenación lógica de argumentos que sería más o menos así: Alfonsín fue un auténtico demócrata, por lo tanto escuchaba a todos los sectores de la sociedad. Los Kirchner no tienen vocación de diálogo. No están dispuestos a dialogar con ciertos sectores. Por lo tanto no son democráticos. Alfonsín fue un mejor gobernante que Néstor y Cristina.
Claramente, el discurso hegemónico confunde Democracia con Republicanismo. Alfonsín, en todo caso, fue un presidente republicano, lo cual no implica necesariamente que haya sido democrático. Illia y Frondizi también fueron republicanos. Quizá más que los Kirchner. Sin embargo, cuando el candidato que no pudo presentarse a las elecciones que ellos ganaron tuvo la posibilidad de hacerlo, obtuvo el 63% de los votos. Garantizar las formas no implica garantizar el contenido.
Otra de las maneras en que se manifiesta este discurso formalista es la falta de corrupción. Así, no ser corrupto parecería ser una garantía de ser un buen gobernante. La corrupción sería la causa principal de los problemas económicos nacionales. Una vez más, la forma opaca al contenido.
Lo que no se evalúa en este discurso es lo que todavía algunos llamamos “La cuestión nacional”. Es decir, que la contradicción principal de la Argentina (y del tercer mundo en general) no es republicanismo o autoritarismo, derechas o izquierdas, sino la todavía vigente Patria o Colonia. Los problemas económicos argentinos son consecuencia de la situación semicolonial de su estructura económica. Administrando una economía semicolonial de manera honrada no se logra una distribución equitativa de la riqueza, inclusión social, mano de obra, ni parámetros básicos de salud y educación. La corrupción es una consecuencia y no una causa del “subdesarrollo” argentino.
En un más que interesante trabajo sobre la Unión Cívica Radical titulado “"Historia Crítica del Radicalismo (El fraude alfonsinista)", de 1989, Jorge Enea Spilimbergo decía lo siguiente: “Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Árabes son hoy el “el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta que los pozos se sequen o el petróleo se deprecie o los mercados se cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente pasajera, de una dependencia privilegiada”. El comentario se refiere a un discurso en el que el ex mandatario había manifestado cierta nostalgia por la “edad de oro” de la república oligárquica.
Entonces, el discurso dominante nos plantea lo siguiente: Los problemas argentinos son, a nivel económico la corrupción y a nivel político la falta de republicanismo. Este discurso decodifica a Alfonsín en esos términos. Lo construye como un presidente republicano y no corrupto. Es decir, un ejemplo. Un espejo en el cual debería mirarse la sociedad argentina y con el que también debería comparar al kirchnerismo, corrupto y no republicano por donde se lo mire.
Una vez más, no se dice que es imposible generar consensos con los grupos económicos concentrados, con la Sociedad Rural, con las empresas periodísticas (vale aclarara que la industria info-comunicacional es la que más dinero mueve en el mundo después de la armamentística. Todo un dato). Cuando un gobierno quiere priorizar el mercado interno, la industria nacional, la inclusión social, la salud y la educación públicas, difícilmente pueda generar consensos con quienes proponen desabastecer el mercado interno, minimizar las funciones del Estado y privilegian al capitalismo financiero por sobre el productivo.
Hay otra decodificación posible del símbolo Alfonsín. El Alfonsín que fue víctima de un golpe de mercado, el Alfonsín que fue abucheado en la Sociedad Rural en su discurso de 1988, el Alfonsín que promulgó la ley de divorcio, el Alfonsín que enjuició a las juntas. Y que fue resistido por los mismos que hoy resisten al Gobierno. Por la Sociedad Rural, por las jerarquías eclesiásticas, por los sectores militares cipayos, por lo grupos concentrados del poder económico.
Según esta última interpretación, Alfonsín también debería ser un espejo en el cual mirar. Pero no un espejo para comparar la imagen deseable con la real y lamentarse por la pérdida de los valores supuestamente indispensables que se perdieron, como consecuencia de la decadencia moral argentina, que, según los dueños de la palabra, parecería no detenerse nunca. Alfonsín es otro tipo de espejo. Un espejo retrovisor. Fundamental para mirar atrás mientras se avanza. Para darnos cuenta de que los mismos que lo derribaron y lo odiaron son hoy los que lo ensalzan, porque ya no molesta y el centro de su odio hoy es otro gobierno. Y que de esa experiencia pasada es fundamental aprender para seguir en el camino. Miremos cómo y por qué tuvo que abandonar el camino Alfonsín. Porque los mismos que lo sacaron a él de la ruta, son los que hoy están tratando de sacar al gobierno. Porque, se sabe, las rutas son de ellos y nadie puede transitarlas fuera de los mapas que ellos trazan.
Así deberíamos interpretar al símbolo Alfonsín. Como una víctima de los mismos sectores que hoy atacan al Gobierno. Si no miramos hacia atrás, difícilmente podamos seguir mucho tiempo hacia adelante.
En un breve e intenso ensayo que lleva por título “Reflexiones sobre el sin límite tecnológico”, en el cual analiza los imaginarios sociales del desarrollo tecnológico, Daniel Cabrera pone un interesante ejemplo. La legislación de varios países obliga a los automovilistas a llevar en el espejo retrovisor un pequeño cartel con la siguiente advertencia: “Los objetos que se ven están más cerca delo que parecen”. Al evaluar la experiencia alfonsinista, cada uno de nosotros debería llevar el mismo recordatorio. Los que lo odiaron y lo voltearon siempre están y, actualmente, mucho más cerca de lo que parecen.
“La ruta está repleta
de caricaturas
que si pierden el bondi, Lobo,
ni se van a enterar”
“Lobo caído”. (Patricio Rey y sus redonditos de ricota).
Indudablemente, es difícil no tomar posición sobre cualquier tema que los medios de comunicación masivos ponen en agenda. Una vez instalado un determinado tópico, las discusiones se dan de acuerdo a la forma en que cada sector que actúa en el espacio público (medios de comunicación, sindicatos, partidos políticos, agrupaciones civiles, individuos, etc.) se posiciona en relación al mismo. No emitir opinión equivale a una especie de desaparición virtual, cuya consecuencia inmediata es dejar que sean otros lo que definan la interpretación legítima del símbolo que de discute (símbolo en sentido semiótico, como elemento significante, no “símbolo” en tanto que representación o síntesis de determinada corriente ideológica o política. Esta última parece ser la única definición de Símbolo que manejan los medios masivos). La muerte de Alfonsín, como fenómeno mediático, no escapa a este universo de disputas simbólicas.
Obviamente, a la hora de hacer circular discursos, son muchas más las posibilidades de difundir su interpretación que tiene, por ejemplo, el Grupo Clarín que una organización social del conurbano bonaerense o del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
La definición que los medios de comunicación han hecho del símbolo Alfonsín es clara. Frente al poco espíritu de diálogo que caracteriza al kirchnerismo, es bueno recordar la vocación del ex presidente radical para generar consensos. Se da a partir de ese discurso una concatenación lógica de argumentos que sería más o menos así: Alfonsín fue un auténtico demócrata, por lo tanto escuchaba a todos los sectores de la sociedad. Los Kirchner no tienen vocación de diálogo. No están dispuestos a dialogar con ciertos sectores. Por lo tanto no son democráticos. Alfonsín fue un mejor gobernante que Néstor y Cristina.
Claramente, el discurso hegemónico confunde Democracia con Republicanismo. Alfonsín, en todo caso, fue un presidente republicano, lo cual no implica necesariamente que haya sido democrático. Illia y Frondizi también fueron republicanos. Quizá más que los Kirchner. Sin embargo, cuando el candidato que no pudo presentarse a las elecciones que ellos ganaron tuvo la posibilidad de hacerlo, obtuvo el 63% de los votos. Garantizar las formas no implica garantizar el contenido.
Otra de las maneras en que se manifiesta este discurso formalista es la falta de corrupción. Así, no ser corrupto parecería ser una garantía de ser un buen gobernante. La corrupción sería la causa principal de los problemas económicos nacionales. Una vez más, la forma opaca al contenido.
Lo que no se evalúa en este discurso es lo que todavía algunos llamamos “La cuestión nacional”. Es decir, que la contradicción principal de la Argentina (y del tercer mundo en general) no es republicanismo o autoritarismo, derechas o izquierdas, sino la todavía vigente Patria o Colonia. Los problemas económicos argentinos son consecuencia de la situación semicolonial de su estructura económica. Administrando una economía semicolonial de manera honrada no se logra una distribución equitativa de la riqueza, inclusión social, mano de obra, ni parámetros básicos de salud y educación. La corrupción es una consecuencia y no una causa del “subdesarrollo” argentino.
En un más que interesante trabajo sobre la Unión Cívica Radical titulado “"Historia Crítica del Radicalismo (El fraude alfonsinista)", de 1989, Jorge Enea Spilimbergo decía lo siguiente: “Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Árabes son hoy el “el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta que los pozos se sequen o el petróleo se deprecie o los mercados se cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente pasajera, de una dependencia privilegiada”. El comentario se refiere a un discurso en el que el ex mandatario había manifestado cierta nostalgia por la “edad de oro” de la república oligárquica.
Entonces, el discurso dominante nos plantea lo siguiente: Los problemas argentinos son, a nivel económico la corrupción y a nivel político la falta de republicanismo. Este discurso decodifica a Alfonsín en esos términos. Lo construye como un presidente republicano y no corrupto. Es decir, un ejemplo. Un espejo en el cual debería mirarse la sociedad argentina y con el que también debería comparar al kirchnerismo, corrupto y no republicano por donde se lo mire.
Una vez más, no se dice que es imposible generar consensos con los grupos económicos concentrados, con la Sociedad Rural, con las empresas periodísticas (vale aclarara que la industria info-comunicacional es la que más dinero mueve en el mundo después de la armamentística. Todo un dato). Cuando un gobierno quiere priorizar el mercado interno, la industria nacional, la inclusión social, la salud y la educación públicas, difícilmente pueda generar consensos con quienes proponen desabastecer el mercado interno, minimizar las funciones del Estado y privilegian al capitalismo financiero por sobre el productivo.
Hay otra decodificación posible del símbolo Alfonsín. El Alfonsín que fue víctima de un golpe de mercado, el Alfonsín que fue abucheado en la Sociedad Rural en su discurso de 1988, el Alfonsín que promulgó la ley de divorcio, el Alfonsín que enjuició a las juntas. Y que fue resistido por los mismos que hoy resisten al Gobierno. Por la Sociedad Rural, por las jerarquías eclesiásticas, por los sectores militares cipayos, por lo grupos concentrados del poder económico.
Según esta última interpretación, Alfonsín también debería ser un espejo en el cual mirar. Pero no un espejo para comparar la imagen deseable con la real y lamentarse por la pérdida de los valores supuestamente indispensables que se perdieron, como consecuencia de la decadencia moral argentina, que, según los dueños de la palabra, parecería no detenerse nunca. Alfonsín es otro tipo de espejo. Un espejo retrovisor. Fundamental para mirar atrás mientras se avanza. Para darnos cuenta de que los mismos que lo derribaron y lo odiaron son hoy los que lo ensalzan, porque ya no molesta y el centro de su odio hoy es otro gobierno. Y que de esa experiencia pasada es fundamental aprender para seguir en el camino. Miremos cómo y por qué tuvo que abandonar el camino Alfonsín. Porque los mismos que lo sacaron a él de la ruta, son los que hoy están tratando de sacar al gobierno. Porque, se sabe, las rutas son de ellos y nadie puede transitarlas fuera de los mapas que ellos trazan.
Así deberíamos interpretar al símbolo Alfonsín. Como una víctima de los mismos sectores que hoy atacan al Gobierno. Si no miramos hacia atrás, difícilmente podamos seguir mucho tiempo hacia adelante.
En un breve e intenso ensayo que lleva por título “Reflexiones sobre el sin límite tecnológico”, en el cual analiza los imaginarios sociales del desarrollo tecnológico, Daniel Cabrera pone un interesante ejemplo. La legislación de varios países obliga a los automovilistas a llevar en el espejo retrovisor un pequeño cartel con la siguiente advertencia: “Los objetos que se ven están más cerca delo que parecen”. Al evaluar la experiencia alfonsinista, cada uno de nosotros debería llevar el mismo recordatorio. Los que lo odiaron y lo voltearon siempre están y, actualmente, mucho más cerca de lo que parecen.
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