viernes, 14 de agosto de 2009

La hegemonía cultural oligárquica y el discurso mediático.


El denominado “conflicto con el campo” lleva ya casi un año y medio. En el mismo, las corporaciones comunicacionales han jugado un papel fundamental, alineándose casi totalmente detrás de la “mesa de enlace”, agrupación representativa de las patronales agrarias.
Esta ubicación automática de las empresas periodísticas detrás del sector que defiende el modelo social, económico y cultural del “granero del mundo”, regresivo, inequitativo y antipopular, tiene varios fundamentos.
En primer lugar, una coincidencia de intereses económicos. Vale recordar que uno de los accionistas del Grupo Clarín es José Antonio Aranda, presidente de la Asociación Braford Argentina, entidad encargada de promocionar las bondades de dicha raza vacuna. Por otro lado, nadie ignora que el periódico La Nación es, históricamente, un defensor aguerrido de los sectores concentrados de la economía pastoril y de su modelo social y cultural.
Estas dos empresas acaparan una porción mayoritaria de la oferta comunicacional argentina. Además de poseer los dos matutino más vendidos, Clarín es propietario de un sinnúmero de empresas relacionadas con la venta de información (radios, canales de tv, periodísticos, agencias de noticia, etc). Solo con estas dos corporaciones defendiendo a la mesa de enlace sería suficiente. Sin embargo fueron muchos otros los medios que se encolumnaron detrás de las patronales: Crítica, La Prensa, Crónica, C5N, etc.
Para comprender este fenómeno, la variable económica no es suficiente. Si bien Clarín y La Nación tienen intereses materiales concretos en el sector agrario, no todos los medios que se oponen a las retenciones están ligados al mismo. Aquí, creo, entra a jugar un aspecto cultural. Al respecto, dice Pablo Llonto en su biografía de Ernestina Herrera de Noble, “las escenas de la rebelión de los patrones del campo, convertidas y multiplicadas por los noticieros, arrastraron la decisión de romper lanzas. En una fracción, los principales accionistas del Grupo y muchos de sus jerárquicos comprendieron que esos rostros, de Barrio Norte; que ese lenguaje, de los cuarteles; que esos discursos, de la derecha, les pertenecían” (Pablo Llonto, La noble Ernestina, 2008, pág 18).
Es una buena descripción. Barrio Norte, los cuarteles y la derecha. La matriz ideológica de casi la totalidad del discurso mediático está descripta en esa cadena metonímica.
¿Por qué el poder mediático se sintió atacado cuando el gobierno intentó redistribuir la renta extraordinaria?. Como dije antes, entra a jugar acá un importante factor cultural. La sociedad argentina ha sido incapaz, 130 años después, de romper la hegemonía cultural oligárquica. Probablemente las empresas periodísticas se subieron al tren de la Mesa de Enlace con el mero objetivo de oponerse al Gobierno, al que consideran “estatista”, “que no respeta la libertad de prensa”, “autoritario”, “aislado del mundo” y demás sinsentidos. El dato a analizar, sin embargo, es que para desprestigiar al kirchnerismo se hacen cargo de un discurso legítimo a nivel social.
Que Biolcati diga en la inauguración de la exposición rural que el modo de reducir el hambre y la pobreza es volver a ser “granero del mundo” y muchos digan que es verdad, no es un hecho menor.
La sociedad argentina fue socializada bajo los parámetros del granero del mundo. Se nos hizo creer que sin campo no hay país, que el campo es la reserva moral de la patria, que el país es el campo, y demás incoherencias, absolutamente vacías de sentido.
A esto se le suma una dosis importante de discurso “criollista”. El mismo surge cuando, frente a la avalancha inmigratoria que amenazaba los valores culturales de la clase dominante, la oligarquía construyó a los inmigrantes en agentes peligrosos, portadores de ideologías contrarias a la identidad nacional, como el socialismo y el anarquismo. El criollo y el gaucho, otrora elementos que impedían la civilización y el desarrollo, pasaron a ser entonces el reservorio de las cualidades morales de la nación, frente a las ideologías foráneas. La capacidad de trabajo, el valor y la honradez pasaron a reinar en el campo, frente a la disolución del ser nacional que se iba asentando en las ciudades.
Hoy, 130 años después, nadie ha podido romper esos valores culturales. El super yo colonial, según el cual el país debe ser una granja abastecedora de materias primas, y el criollismo deshistorizante, para quien en el campo reina la virtud y en la ciudad la corrupción y el vicio (nótese que este discurso invierte el binarismo sarmientino, una vez que el mismo ya triunfó y el modelo en que se sustenta se ve amenazada por la inmigración) gozan de una legitimidad indiscutible.
Antes inculcado en la escuela pública, hoy ha pasado a nutrir parte esencial del discurso mediático. Y ayer como hoy, es el caballito de batalla de los sectores políticos y económicos más reaccionarios del país.
El granero del mundo, lo único que genera es miseria. No produce valor agregado ni puestos de trabajo y las ganancias quedan en manos de los poseedores de tierras, una clara minoría. El campo está estructurado en clases sociales, al igual que la ciudad, y la mera pertenencia al mismo no es garantía de ningún atributo moral.
Los medios son, hoy en día, los encargados de reactualizar la concepción cultural dependiente. No se trata de mentes siniestras elaborando planes, sino de la reproducción constante de la hegemonía cultural oligárquica, tan intacta hoy como en 1880 y que generalmente, funciona al margen de las subjetividades que la reproducen. Es el correlato lógico del vaciamiento de la escuela pública (aunque los medios han cambiado la antinomia campo-ciudad, por una incomprensible campo-gobierno).
Las clases dominantes y sus voceros (culturales, políticos y económicos) quieren imponer el granero del mundo, a costa de hambrear al pueblo y de generar un país colonial. El discurso es tan antiguo como el estado argentino mismo. Lo increíble es que todavía sea legítimo.

martes, 11 de agosto de 2009

¿Por qué es necesaria una nueva Ley de Radiodifusión?




José Pablo Feinmann se acomoda el saco, toma aire y empieza a hablar, dirigiéndose hacia su público. Dice que hoy va a abordar la obra del filósofo alemán Immanuel Kant. Avisa que no es un pensador fácil y cuenta una anécdota sobre Albert Einstein para explicar que hay filósofos cuya escritura era más simple que la de otros que utilizaban una prosa densa e intrincada.
Kant, Einstein, Filosofía, ¿de qué estamos hablando?. ¿Una clase?, ¿un curso?, ¿una conferencia?. Podríamos decir que sí, que es todo eso, pero ante todo es un programa de televisión. Se trata del ciclo “Filosofía. Aquí y ahora” que Feinmann conduce y que emite Encuentro, el canal del Ministerio de Educación que se transmite por cable.
Es un ejemplo entre muchos otros de televisión no comercial.
Ciudad Abierta, el canal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que también se emite por cable, ofrece el programa “Quién lo dice”, el cual reproduce las clases de diferentes profesores de la Universidad de Buenos Aires.
Canal 7, el canal estatal y de televisión abierta, tienen también una programación atravesada por parámetros no comerciales. Entre muchos otros casos que podríamos citar de esta señal, Osvaldo Quiroga conduce “El rincón de la cultura”, dedicado a la promoción de diferentes expresiones artísticas.
Un canal que produce estos programas no lo hace evidentemente pensando en el rédito económico sino en la necesidad de ofrecer contenidos que la radiodifusión comercial no está dispuesta a incorporar. La televisión pública debe, ante todo, ser capaz de ofrecer una programación que refleje las opiniones de los diferentes sectores que conforman una sociedad. En la misma deben aparecer representadas las visiones de los grupos minoritarios que no tienen acceso a los medios de comunicación privados.
Para Julio Fernández Baraibar, “Un medio público, es decir, un medio de comunicación que no tenga su programación determinada pura y exclusivamente por una cuestión de rating, que no esté determinada su programación por la pauta comercial de los avisos, es muy necesario porque la Argentina, experimenta una televisión muy crudamente comercial”. El mismo autor considera que “Un medio público tiene que brindar una programación que satisfaga necesidades generales de la población que no están determinadas por la pauta publicitaria. Necesidades de orden cultural, de orden informativo, comunicacional, estrictamente comunicacional, canales de comunicación entre la población o entre sectores diversos de la población, sobre todo aquellos de menores recursos a los que ésta televisión pública les pueda servir de medios de intercomunicación”.
Pero cuáles son las diferencias concretas entre un canal que reproduzca un modelo de servicio público y uno enmarcado en el paradigma comercial. Para el filósofo venezolano Antonio Pasquali, una radiodifusión de servicio público debe cumplir con los siguientes requisitos: 1) Alimentarse con fondos del erario público y no por la publicidad. 2) Ser independiente, participativa y de alta calidad. 3) De alcance nacional. 4) Con calidad aplicada a todos los géneros de programación. 5) Sin concentración geográfica, con producción diversificada regionalmente. 6) Infraestructura y tecnología avanzada.
7) Producir sus propios programas. 8) Ofrecer una programación alternativa a la comercial y no competir con ella.
¿Hasta qué punto la televisión pública argentina cumple con estos requisitos? La ley De Radiodifusión vigente (Ley 22285), que fue dictada en la última dictadura militar, estipulaba en su texto original que ninguno de los medios pertenecientes al SOR (Servicio Oficial de Radiodifusión), es decir los medios controlados directamente por el Estado, podían contratar publicidad y debían financiarse con capitales provenientes del erario público. Sin embargo, el decreto presidencial 1656/92 firmado por el ex Presidente de la Nación Carlos Menem, en 1992, anuló esta disposición y permitió que los medios estatales contraten publicidad, instaurando de este modo una relación de dependencia entre los contenidos de dichos medios y los intereses de los anunciantes.
En cuanto al alcance nacional, si bien Canal 7 llega a todo el país de manera gratuita, el canal del Ministerio de Educación puede verse sólo a través del cable, imposibilitando así su llegada a los sectores de la población que no puedan pagar este servicio, algo claramente opuesto a un paradigma de servicio público, el cual debería garantizar la gratuidad del acceso.
Tampoco parecería cumplirse la diversidad geográfica, ya que la mayoría de los programas están producidos en la Ciudad de Buenos Aires (Laboratorio de Industrias Culturales, 2006). Sin embargo esta concentración no implica que la realidad de las provincias del interior no se vea reflejada en absoluto. Algunos programas, aunque sean producidos en Buenos Aires, se encargan de abordar la diversidad cultural. Es el caso de “Pequeños Universos”, un ciclo dedicado a la difusión de la música de las diferentes regiones de la Argentina, que emite Canal Encuentro. En esta línea también se destaca “Estudio país”, que sale por Canal 7, de lunes a viernes, de 14 a 16 hs, en donde se ofrece al público diversas informaciones relacionadas con actividades de las 24 provincias nacionales.
El avance tecnológico e infraestructural no es uno de los puntos fuertes de la televisión estatal. Sin embargo, cabe destacar que en 2006 Canal 7 incorporó nuevas cámaras e islas de edición. Esta fue la primera vez que se renovó el material desde 1978, cuando el gobierno de Jorge Rafael Videla realizó una cuantiosa (y para muchos excesiva) inversión en Argentina Televisora Color (ATC), con el objetivo de poder transmitir el campeonato mundial de fútbol hacia el exterior en pantalla color. En la Argentina, el mundial se vio en blanco y negro.
Los otros puntos definidos por Pasqualli sí están representados.
Frente al desarrollo de una televisión fuertemente comercial, una solución posible es la intervención estatal sobre ese tipo de servicio, obligando a los licenciatarios a diversificar su oferta. En relación a esta posibilidad, Jay Blumler en su libro “Televisión e interés público” dice: “Ninguna reglamentación, ni por su forma ni por su cantidad, puede transformar las fuerzas motrices económicas que manipularán predominantemente el comportamiento de empresas que compiten por audiencia y por ingresos en un sistema multicanal de televisión” y agrega “como no puede garantizarse que la propuesta de los programas comerciales sean moldeadas con arreglo a consideraciones de interés público, es preciso contar con alternativas bien estructuradas para un mercado televisivo”. Blumler ofrece una solución a este problema: “Una de esas alternativas debe ser un sector de televisión pública dotado de principios, amplios recursos y objetivos fundados en principios. Sólo desde una televisión pública fuerte se puede esperar el servicio al interés público desde dentro”.
Al respecto, Julio Fernández Baraibar cree que cuando el Estado, en vez de ofrecer una alternativa a la televisión comercial, trata de limitarla, “Rápidamente se desliza hacia formas de autoritarismo que ni siquiera es bien recibido por el conjunto de la población al cual supuestamente pretende defender este tipo de medidas”.
La televisión privada se rige, básicamente, por la pauta publicitaria. Esto hace que los contenidos que ofrece no tengan en cuenta aspectos relacionados con la integración social o la diversidad cultural, ya que los mismos no son económicamente redituables.
Dice Arturo Jauretche en su libro Los profetas del odio, refiriéndose a la prensa escrita “El aviso de la gran empresa es el eje de la gran prensa. Los poderosos grupos financieros obtienen del gran periodismo la orientación que conviene a sus intereses, y por sobre todo, los silencios correspondientes”. Lo que plantea este autor es que ningún medio va a oponerse o a perjudicar a aquellos anunciantes que publicitan en su espacio. Lo mismo puede decirse de la Televisión. Así, la TV privada posee una doble restricción para ofrecer un servicio de interés público. Su lógica es meramente comercial y, como consecuencia directa de esto, su discurso está coaccionado por los anunciantes, que son quienes ponen el dinero necesario para que toda la maquinaria funcione. Agrega Jauretche “Estos periódicos tan celosos de la censura oficial se autocensuran cuando se trata del avisador”.
¿Siempre fue así la televisión argentina? La primera transmisión fue en 1951. Hasta la caída del peronismo, en 1955, hubo un solo canal (Canal 7) y el mismo fue estatal. El gobierno de Perón ya había planeado una licitación para adjudicar tres canales privados de TV a los licenciatarios de las tres cadenas de radiodifusión de ese entonces, pero el golpe de Estado del 16 de septiembre impidió que éstas se llevasen a cabo. La autodenominada Revolución Libertadora anuló esa disposición y armó una nueva licitación. El objetivo era uno solo: impedir que los medios quedaran en manos de sectores ligados al ex presidente Perón. El proceso estuvo repleto de desprolijidades, pero finalmente, tres días antes de que el General Aramburu abandone el poder, las tres señales privadas de TV habían sido adjudicadas a licenciatarios no peronistas. Para Guillermo Mastrini, “a partir de las disposiciones del gobierno de Aramburu se conformó un modelo televisivo caracterizado por la iniciativa privada y las explotación comercial de la radiodifusión”. Agrega este autor que “Por otra parte, se generó un modelo de comunicación dependiente de la publicidad que no consideró las dificultades que este sistema encontraría en el interior del país para alcanzar una ecuación financiera que permitiera aceptables niveles de producción propia” Finalmente, Mastrini opina que “El modelo surgido de la adjudicación del 58 mantiene su plenitud. El modelo competitivo vigente en la Argentina es fruto de la inexistencia de una política democratizadora del sistema comunicacional, surgida del debate de los distintos sectores sociales”.
Lo que está en juego es la capacidad de los canales estatales de ofrecer una programación distinta de la que ofrecen los medios privados, pero esto no implica que los medios de comunicación privados deban desaparecer. Al respecto, Pasquali opina que, “Hay que fustigar la mediocridad, la homogeneización cultural y la hipercomercialización de mucha radiodifusión privada”, pero “de la existencia de una radiodifusión privada realmente libre, en sana dialéctica con la pública, depende en gran parte la supervivencia de una opinión pública crítica y no manipulada, base de toda democracia”. Lo que este pensador propone es la necesidad de un servicio público fuerte que ofrezca contenidos que los medios privados no ofrecen porque no son económicamente rentables, pero representan intereses de diferentes sectores de la sociedad que merecen estar representados por la radiodifusión pública. Una de las pautas que este autor propone para construir un medio estatal eficaz es que “la radiodifusión de servicio público respeta a sus usuarios y los concibe y trata como personas inteligentes, cultivadas, sensibles, de edades y gustos diversificados, y no como una masa homogeneizada de edad mental infantil, consumismo compulsivo y gustos primarios”. Finalmente plantea que la radiodifusión pública no debe competir con el sector privado sino complementarlo, ofreciendo contenidos que el éste no está dispuesto a ofrecer.
Frente a esta propuesta, la pregunta que surge inmediatamente es, ¿existe realmente una demanda para los contenidos que debería ofrecer una televisión de servicio público?. El Laboratorio de Industrias Culturales, dependiente de las Secretaría de Cultura de la Nación, ha elaborado en 2006 una investigación sobre la televisión argentina titulada “Qué ves cuando me ves”. Una de las secciones de dicho relevamiento está dedicada al análisis sobre los usos y las percepciones de diferentes sectores de la población sobre la televisión. Según este informe, hay una acentuada disposición al consumo de programas culturales entre todos los públicos. Para los investigadores esto tienes dos causas. En primer lugar, “la función de fuente de «aprendizaje informal» asignada a la televisión como uno de los principales empleos y gratificaciones derivados del consumo de este medio. La televisión, además de ser entendida como vehículo de entretenimiento e información, es frecuentemente adoptada como medio de ampliación o perfeccionamiento de la propia formación cultural”. La segunda causa es “un renovado interés en un área específica del campo cultural como la historia argentina, atestiguado por las elevadas cifras de venta y audiencia que han alcanzado recientemente libros y programas televisivos y radiales dedicados a esta temática”.
Según este informe, a la hora de justificar la necesidad de este tipo de programación, los encuestados afirman que “una de las principales funciones atribuidas a un canal cultural es contribuir a la construcción de un colectivo nacional, poniendo en contacto a los distintos subgrupos socioculturales del país y propiciando el conocimiento de las diversas facetas culturales, naturales, geográficas y antropológicas del país”. Claramente, son Canal Encuentro y Canal 7, y no los canales privados, los que ofrecen este tipo de programación.
Los encuestados creen que una programación cultural capaz de captar públicos masivos debe cumplir con tres requisitos: Entretenimiento, formación e información.
Para demostrar que esto no es una quimera, cabe recordar la experiencia europea. Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, hasta principios de la década del 90, la televisión europea fue un monopolio estatal y se definía como un servicio de interés público. El objetivo era “educar, entretener e informar”.
La demanda existe. Es obligación del Estado generar una oferta que la satisfaga. Para eso, será necesario un servicio universal y gratuito y que contemple las necesidades de los diferentes sectores de la población.
Frente al anteproyecto para una nueva ley de radiodifusión propuesto por el Gobierno Nacional, no debe llamar la atención la encendida oposición que el mismo suscita en los grandes oligopolios informativos. Sin embargo, no hay que perder de vista que la propuesta no es una persecución a los medios privados, sino dividir la frecuencia radioeléctrica en forma tripartita, de modo que no sean sólo los capitales concentrados quienes puedan ejercer su derecho a la comunicación, sino que también la sociedad civil y el Estado tengan canales de expresión.
La oportunidad para aprobar una nueva ley de radiodifusión es histórica. No la dejemos pasar. Tengamos siempre claro que, como decía Jauretche, cuando los medios masivos dicen defender la libertad de prensa, están defendiendo la libertad de empresa.

sábado, 8 de agosto de 2009

La interpretación mediática de Alfonsín


Esto lo escribí cuando murió Alfonsín. Lo subo y lo pongo a consideración.

“La ruta está repleta
de caricaturas
que si pierden el bondi, Lobo,
ni se van a enterar”

“Lobo caído”. (Patricio Rey y sus redonditos de ricota).


Indudablemente, es difícil no tomar posición sobre cualquier tema que los medios de comunicación masivos ponen en agenda. Una vez instalado un determinado tópico, las discusiones se dan de acuerdo a la forma en que cada sector que actúa en el espacio público (medios de comunicación, sindicatos, partidos políticos, agrupaciones civiles, individuos, etc.) se posiciona en relación al mismo. No emitir opinión equivale a una especie de desaparición virtual, cuya consecuencia inmediata es dejar que sean otros lo que definan la interpretación legítima del símbolo que de discute (símbolo en sentido semiótico, como elemento significante, no “símbolo” en tanto que representación o síntesis de determinada corriente ideológica o política. Esta última parece ser la única definición de Símbolo que manejan los medios masivos). La muerte de Alfonsín, como fenómeno mediático, no escapa a este universo de disputas simbólicas.
Obviamente, a la hora de hacer circular discursos, son muchas más las posibilidades de difundir su interpretación que tiene, por ejemplo, el Grupo Clarín que una organización social del conurbano bonaerense o del sur de la Ciudad de Buenos Aires.
La definición que los medios de comunicación han hecho del símbolo Alfonsín es clara. Frente al poco espíritu de diálogo que caracteriza al kirchnerismo, es bueno recordar la vocación del ex presidente radical para generar consensos. Se da a partir de ese discurso una concatenación lógica de argumentos que sería más o menos así: Alfonsín fue un auténtico demócrata, por lo tanto escuchaba a todos los sectores de la sociedad. Los Kirchner no tienen vocación de diálogo. No están dispuestos a dialogar con ciertos sectores. Por lo tanto no son democráticos. Alfonsín fue un mejor gobernante que Néstor y Cristina.
Claramente, el discurso hegemónico confunde Democracia con Republicanismo. Alfonsín, en todo caso, fue un presidente republicano, lo cual no implica necesariamente que haya sido democrático. Illia y Frondizi también fueron republicanos. Quizá más que los Kirchner. Sin embargo, cuando el candidato que no pudo presentarse a las elecciones que ellos ganaron tuvo la posibilidad de hacerlo, obtuvo el 63% de los votos. Garantizar las formas no implica garantizar el contenido.
Otra de las maneras en que se manifiesta este discurso formalista es la falta de corrupción. Así, no ser corrupto parecería ser una garantía de ser un buen gobernante. La corrupción sería la causa principal de los problemas económicos nacionales. Una vez más, la forma opaca al contenido.
Lo que no se evalúa en este discurso es lo que todavía algunos llamamos “La cuestión nacional”. Es decir, que la contradicción principal de la Argentina (y del tercer mundo en general) no es republicanismo o autoritarismo, derechas o izquierdas, sino la todavía vigente Patria o Colonia. Los problemas económicos argentinos son consecuencia de la situación semicolonial de su estructura económica. Administrando una economía semicolonial de manera honrada no se logra una distribución equitativa de la riqueza, inclusión social, mano de obra, ni parámetros básicos de salud y educación. La corrupción es una consecuencia y no una causa del “subdesarrollo” argentino.
En un más que interesante trabajo sobre la Unión Cívica Radical titulado “"Historia Crítica del Radicalismo (El fraude alfonsinista)", de 1989, Jorge Enea Spilimbergo decía lo siguiente: “Si la Argentina fue el “quinto país del mundo por la riqueza de sus habitantes” es por lo mismo que Kuwait o los Emiratos Árabes son hoy el “el primer país del mundo por la riqueza de sus habitantes” delante de Suecia, Estados Unidos, Japón o la Unión Soviética. Obviamente, hasta que los pozos se sequen o el petróleo se deprecie o los mercados se cierren. No por el desenvolvimiento de sus fuerzas productivas, no por su integración orgánica como país moderno, no por haber emprendido su revolución industrial, sino en función coyuntural, necesariamente pasajera, de una dependencia privilegiada”. El comentario se refiere a un discurso en el que el ex mandatario había manifestado cierta nostalgia por la “edad de oro” de la república oligárquica.
Entonces, el discurso dominante nos plantea lo siguiente: Los problemas argentinos son, a nivel económico la corrupción y a nivel político la falta de republicanismo. Este discurso decodifica a Alfonsín en esos términos. Lo construye como un presidente republicano y no corrupto. Es decir, un ejemplo. Un espejo en el cual debería mirarse la sociedad argentina y con el que también debería comparar al kirchnerismo, corrupto y no republicano por donde se lo mire.
Una vez más, no se dice que es imposible generar consensos con los grupos económicos concentrados, con la Sociedad Rural, con las empresas periodísticas (vale aclarara que la industria info-comunicacional es la que más dinero mueve en el mundo después de la armamentística. Todo un dato). Cuando un gobierno quiere priorizar el mercado interno, la industria nacional, la inclusión social, la salud y la educación públicas, difícilmente pueda generar consensos con quienes proponen desabastecer el mercado interno, minimizar las funciones del Estado y privilegian al capitalismo financiero por sobre el productivo.
Hay otra decodificación posible del símbolo Alfonsín. El Alfonsín que fue víctima de un golpe de mercado, el Alfonsín que fue abucheado en la Sociedad Rural en su discurso de 1988, el Alfonsín que promulgó la ley de divorcio, el Alfonsín que enjuició a las juntas. Y que fue resistido por los mismos que hoy resisten al Gobierno. Por la Sociedad Rural, por las jerarquías eclesiásticas, por los sectores militares cipayos, por lo grupos concentrados del poder económico.
Según esta última interpretación, Alfonsín también debería ser un espejo en el cual mirar. Pero no un espejo para comparar la imagen deseable con la real y lamentarse por la pérdida de los valores supuestamente indispensables que se perdieron, como consecuencia de la decadencia moral argentina, que, según los dueños de la palabra, parecería no detenerse nunca. Alfonsín es otro tipo de espejo. Un espejo retrovisor. Fundamental para mirar atrás mientras se avanza. Para darnos cuenta de que los mismos que lo derribaron y lo odiaron son hoy los que lo ensalzan, porque ya no molesta y el centro de su odio hoy es otro gobierno. Y que de esa experiencia pasada es fundamental aprender para seguir en el camino. Miremos cómo y por qué tuvo que abandonar el camino Alfonsín. Porque los mismos que lo sacaron a él de la ruta, son los que hoy están tratando de sacar al gobierno. Porque, se sabe, las rutas son de ellos y nadie puede transitarlas fuera de los mapas que ellos trazan.
Así deberíamos interpretar al símbolo Alfonsín. Como una víctima de los mismos sectores que hoy atacan al Gobierno. Si no miramos hacia atrás, difícilmente podamos seguir mucho tiempo hacia adelante.
En un breve e intenso ensayo que lleva por título “Reflexiones sobre el sin límite tecnológico”, en el cual analiza los imaginarios sociales del desarrollo tecnológico, Daniel Cabrera pone un interesante ejemplo. La legislación de varios países obliga a los automovilistas a llevar en el espejo retrovisor un pequeño cartel con la siguiente advertencia: “Los objetos que se ven están más cerca delo que parecen”. Al evaluar la experiencia alfonsinista, cada uno de nosotros debería llevar el mismo recordatorio. Los que lo odiaron y lo voltearon siempre están y, actualmente, mucho más cerca de lo que parecen.