
“Entiendo por pueblo a las clases sociales expoliadas o lesionadas por el imperialismo” (Juan José Hernández Arregui)
El pueblo ha muerto. Si algún desprevenido no se había enterado, lamento ser el encargado de tener que dar tan funesta noticia. Lo mató “la gente” y usurpó su lugar en el universo de las representaciones mediáticas sobre lo social.
La diferencia básica es que frente a los clivajes y oposiciones que genera la idea de “Pueblo”, el concepto de “Gente” anula todo tipo de diferenciación hacia adentro de una comunidad. Es decir, el pueblo se opone a un no pueblo. La gente no se opone a nada. En todo caso, a nada humano. No todos somos pueblo, pero todos somos gente.
Cuando Rodolfo Puiggrós tuvo la idea de escribir una historia de los partidos políticos argentinos, en cinco tomos, al primero (que versaba sobre el proyecto conservador) lo tituló “Pueblo y oligarquía”. Se trataba de dos opuestos irreconciliables debido, básicamente, a que en el proyecto de país de la oligarquía el pueblo sobraba y en un proyecto popular sobraban la oligarquía y su modelo socioeconómico.
Si Puiggrós viviera, quizá debería re-titular a ese primer tomo como “Gente y oligarquía”. Pero en tal caso se trataría de un oxímoron, una contradicción patente. Porque la oligarquía, que objetivamente se opone al pueblo, sin embargo forma parte de la gente.
Con la gente ya no hay rebelión popular legítima. Básicamente porque nadie puede gobernar en defensa de los intereses de la gente, de la que forman parte Biolcati y el último habitante de la villa 1-11-14. Si se beneficia a uno, por definición se perjudica al otro. Por lo tanto, el mensaje parece ser que hay que hacerlo lo más a favor posible de las clases dominantes, que son las que suelen poseer el favor (y a veces la propiedad) de los aparatos culturales, productores de sentido.
Si se gobierna a favor de sus intereses, se gobierna en defensa de la paz social, la concertación, el diálogo, etc. Si se gobierna a favor del pueblo se es sectario, revanchista, divisionista, etc.
Quizá, el hecho fundamental sea que cuando se gobierna en contra de las clases dominantes, éstas pueden hacer llegar su versión de los hechos a toda la sociedad. Algo que en el caso de los sectores populares, que no cuentan con enormes aparatos de construcción y difusión de sentidos, se vuelve una tarea ciclópea.
Miche Foucault, conocido filósofo inserto en ese gran discurso al que se llamó posmodernidad, escribió en su libro “Las palabras y las cosas” que el hombre, como representación, había muerto. La discursividad occidental ya no podía pensarse en función del sujeto, que era un invento de la modernidad y que había muerto con ella.
El discurso mediático ha tomado dos premisas de la posmodernidad. Primero el acontecimiento, el evento, descontextualizado y al margen de cualquier referencia más amplia que el acontecimiento mismo. Se rompe cualquier tipo de relación con un momento anterior. El hecho no se relaciona con ningún tipo de acontecimiento previo. Cada cosa ocurre independientemente de las demás. La inseguridad, por caso, es culpa de “la droga”. Los pibes fuman paco y a falta de algo más interesante que hacer salen a afanar y si pueden, de paso, te matan. Porque sí, porque son así de locos. Obviamente, que la sociedad argentina haya pasado de ser una de las más cohesionadas del América a que ahora el 10% más alto obtenga 40 veces más ingresos que el 10% más bajo, el proceso de desindustrialización aberrante, la des- institucionalización, el deterioro del sistema educativo, la corrupción policial y la reconversión financiera de la economía post Martínez de Hoz, no tienen nada que ver. Esos son otros eventos, otros acontecimientos en nada se relacionan con la inseguridad.
Otro eje posmoderno es la muerte del pueblo. El hombre murió, dice Foucault. Hay fuerzas en tensión de las que el individuo forma parte, pero ya no constituye nada sino que actúa en función de esas fuerzas. Acá, en Argentina, murió el pueblo. Lo social ya no puede pensarse en función de él. Ahora hay que hacer lo posible para conformar a todos, a la gente. Si no se puede, a los que más se quejan y más lejos pueden hacer llegar sus quejas. Si no, te quedaste en el tiempo. Te pasó por encima el tren de la historia.
A todo esto, hay que agregarle una dosis de unitarismo, siempre vigente en el discurso hegemónico nacional.
El miércoles 15 de abril, María Laura Santillán puso cara de situación, miró a cámara y dijo acongojada “se confirmó la peor sospecha, el dengue llegó a Capital y el conurbano”. Así es, la peor sospecha no es que el dengue mate pobres chaqueños, sino que también pueda afectar a gente como uno.
Así las cosas, Gente (y no pueblo), relatos fragmentarios y unitarismo. Una combinación poco feliz constituye la matriz comunicacional masiva en la Argentina.
Puiggrós tenía razón. Con el pueblo o con la oligarquía. La Gente, en cambio, sigue siendo un concepto acorde a la frivolidad y la chatura mental de ciertos estratos medios. ¿O alguien cree que la revista de la editorial Atlántida podría llamarse “Pueblo”?.
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