domingo, 26 de julio de 2009

Mirtha Legrand: el gorilismo basado en el sentido común.


Supongo que todos conocemos una señora entrada en años semi fascistoide. El axioma de Churchill según el cual no ser de izquierda a los 20 años es no tener corazón y no ser de derecha a los 40 no tener cerebro puede constatarse con bastante frecuencia. Digamos que a los 80 años (los que llegan), probablemente sean “de derecha”.
Si pensamos en esa anciana que conocemos, seguramente veamos que sus opiniones suelen ser infundadas, determinadas por el sentido común construido mediáticamente (EJ: Chávez ganó prácticamente todos los referendos y elecciones a las que se presentó, pero es un dictador) y que su consumo cultural más ambicioso es el Clarín del domingo.
Suele ser hasta gracioso escucharlas opinar, ya que antes de que emitan su voto se sabe lo que van a decir: pena de muerte, el que no trabaja es porque no quiere, este o aquél tienen “pinta” de chorro, pobres hubo siempre, etc. Metidas a opinar sobre la actualidad política, la posibilidad de prever sus juicios no es menor: el gobierno provocó una pelea entre los argentinos, el gobierno ataca al campo infundadamente, Moreno es poco menos que López Rega, las organizaciones son llevadas a los actos, Argentina está aislada del mundo, etc. Uno está tan acostumbrado a cruzarse con este tipo de señoras, que difícilmente entable una discusión seria con alguna cuando las ve en una reunión social, cumpleaños, asado, casamiento y demás.
Son personajes que habitan la sociedad argentina. Como el machista, el misógino, el mitómano, el tío soltero, el apolítico, el fanático, la feminista, el cheto, el flogger y el emo. Personajes a veces inofensivos, que hasta pueden ser simpáticos. Pero uno sabe que esa simpatía se debe a que sus opiniones no viajan muy lejos. Quedan ahí, en el asado, en el cumpleaños o en el casamiento. Por eso se las puede recordar con cierta gracia. “¿Te acordás esa vieja que estaba en aquel cumpleaños? ¡Qué gorila que era!”. Y nos reímos rememorando el nivel de fascismo delirante de la señora en cuestión.
¿Pero qué pasa cuando una de esas señoras tiene un programa de televisión? ¿Hasta qué punto es inofensiva cuando sus opiniones basadas en el sentido común llegan a todo el país? ¿Qué ocurre cuando su mediocre y unilateral construcción de la realidad se inserta en un dispositivo masivo?. Por otro lado, ¿a quién beneficia que esa señora fascistoide se mantenga en el aire hace 40 años? ¿A qué público se dirige la señora? ¿Qué responsabilidad hay en una anciana que hace una intervención política clara en el canal de uno de los principales referentes de la oposición escondiéndose detrás de la “objetividad” y “los intereses del país”?. Todas preguntas que surgen al mirar los aburridísimos almuerzos de la señora Mirtha Legrand.
Desde el comienzo, hay que sospechar de un programa que se dice objetivo cuando los invitados son casi en su totalidad referentes de la oposición. Mucho más cuando los pocos defensores del gobierno nacional que van siempre deben compartir la mesa con algún opositor, mientras la regla son los almuerzos con la totalidad de asistentes antikirchneristas. Por otro lado, cuesta creer que alguien piense que algún programa de América (parte de cuyo paquete accionario pertenece a de Narváez) con intencionalidad política es independiente.
En su programa, la señora se despacha con reflexiones del tipo de: “no me importa nada lo que pasa en Honduras”, “yo defiendo los intereses del país”, “este gobierno tiene una actitud de odio hacia el campo”, “Perón fue Nazi”, “han dividido a los argentinos”, “el país no puede vivir sin el campo”, etc. Como se ve, los lugares comunes de la autóctona anciana reaccionaria.
Y aquí surge una cuestión sobre la que vale la pena reflexionar: ¿Por qué Mirtha Legrand es una opinión legítima a la hora de opinar políticamente? El discurso mediático la ensalza como una “gran periodista” que “cada día pregunta mejor” y en una discusión política no es raro que alguien recurra a la señora como autoridad teórica en que basa su argumento.
Esto me dispara otras dudas: ¿cuál es el grado de degradación cultural que atraviesan ciertos sectores medios argentinos? ¿Qué ocurre para que se pase a legitimar el gorilismo desde Martínez Estrada o Cortázar a legitimarlo desde Mirtha Legrand? ¿Por qué la opinión de una mujer culturalmente nula es tan respetada? ¿la fama de “gran periodista” de Legrand se debe a que no se pueden buscar opiniones políticas por fuera del dispositivo mediático y por lo tanto hay que cubrir determinados espacios con lo que el mismo ofrece?. Si la anciana reaccionaria siempre estuvo con el gobierno de turno, ¿por qué ahora es opositora? ¿su transformación no tiene nada que ver con el canal en el que trabaja?.
Vuelvo a repetir, todos conocemos una vieja fascista. Como todos conocemos un machista, un violento, un eugenista, una feminista radical, un anti-político y un estafador. No sería deseable que ninguno de estos personajes tenga un programa de televisión. La vieja fascista no es excepción.

viernes, 24 de julio de 2009

El pueblo, la gente y los sentidos hegemónicos a la hora de construir lo social discursivamente.


“Entiendo por pueblo a las clases sociales expoliadas o lesionadas por el imperialismo” (Juan José Hernández Arregui)

El pueblo ha muerto. Si algún desprevenido no se había enterado, lamento ser el encargado de tener que dar tan funesta noticia. Lo mató “la gente” y usurpó su lugar en el universo de las representaciones mediáticas sobre lo social.
La diferencia básica es que frente a los clivajes y oposiciones que genera la idea de “Pueblo”, el concepto de “Gente” anula todo tipo de diferenciación hacia adentro de una comunidad. Es decir, el pueblo se opone a un no pueblo. La gente no se opone a nada. En todo caso, a nada humano. No todos somos pueblo, pero todos somos gente.
Cuando Rodolfo Puiggrós tuvo la idea de escribir una historia de los partidos políticos argentinos, en cinco tomos, al primero (que versaba sobre el proyecto conservador) lo tituló “Pueblo y oligarquía”. Se trataba de dos opuestos irreconciliables debido, básicamente, a que en el proyecto de país de la oligarquía el pueblo sobraba y en un proyecto popular sobraban la oligarquía y su modelo socioeconómico.
Si Puiggrós viviera, quizá debería re-titular a ese primer tomo como “Gente y oligarquía”. Pero en tal caso se trataría de un oxímoron, una contradicción patente. Porque la oligarquía, que objetivamente se opone al pueblo, sin embargo forma parte de la gente.
Con la gente ya no hay rebelión popular legítima. Básicamente porque nadie puede gobernar en defensa de los intereses de la gente, de la que forman parte Biolcati y el último habitante de la villa 1-11-14. Si se beneficia a uno, por definición se perjudica al otro. Por lo tanto, el mensaje parece ser que hay que hacerlo lo más a favor posible de las clases dominantes, que son las que suelen poseer el favor (y a veces la propiedad) de los aparatos culturales, productores de sentido.
Si se gobierna a favor de sus intereses, se gobierna en defensa de la paz social, la concertación, el diálogo, etc. Si se gobierna a favor del pueblo se es sectario, revanchista, divisionista, etc.
Quizá, el hecho fundamental sea que cuando se gobierna en contra de las clases dominantes, éstas pueden hacer llegar su versión de los hechos a toda la sociedad. Algo que en el caso de los sectores populares, que no cuentan con enormes aparatos de construcción y difusión de sentidos, se vuelve una tarea ciclópea.
Miche Foucault, conocido filósofo inserto en ese gran discurso al que se llamó posmodernidad, escribió en su libro “Las palabras y las cosas” que el hombre, como representación, había muerto. La discursividad occidental ya no podía pensarse en función del sujeto, que era un invento de la modernidad y que había muerto con ella.
El discurso mediático ha tomado dos premisas de la posmodernidad. Primero el acontecimiento, el evento, descontextualizado y al margen de cualquier referencia más amplia que el acontecimiento mismo. Se rompe cualquier tipo de relación con un momento anterior. El hecho no se relaciona con ningún tipo de acontecimiento previo. Cada cosa ocurre independientemente de las demás. La inseguridad, por caso, es culpa de “la droga”. Los pibes fuman paco y a falta de algo más interesante que hacer salen a afanar y si pueden, de paso, te matan. Porque sí, porque son así de locos. Obviamente, que la sociedad argentina haya pasado de ser una de las más cohesionadas del América a que ahora el 10% más alto obtenga 40 veces más ingresos que el 10% más bajo, el proceso de desindustrialización aberrante, la des- institucionalización, el deterioro del sistema educativo, la corrupción policial y la reconversión financiera de la economía post Martínez de Hoz, no tienen nada que ver. Esos son otros eventos, otros acontecimientos en nada se relacionan con la inseguridad.
Otro eje posmoderno es la muerte del pueblo. El hombre murió, dice Foucault. Hay fuerzas en tensión de las que el individuo forma parte, pero ya no constituye nada sino que actúa en función de esas fuerzas. Acá, en Argentina, murió el pueblo. Lo social ya no puede pensarse en función de él. Ahora hay que hacer lo posible para conformar a todos, a la gente. Si no se puede, a los que más se quejan y más lejos pueden hacer llegar sus quejas. Si no, te quedaste en el tiempo. Te pasó por encima el tren de la historia.
A todo esto, hay que agregarle una dosis de unitarismo, siempre vigente en el discurso hegemónico nacional.
El miércoles 15 de abril, María Laura Santillán puso cara de situación, miró a cámara y dijo acongojada “se confirmó la peor sospecha, el dengue llegó a Capital y el conurbano”. Así es, la peor sospecha no es que el dengue mate pobres chaqueños, sino que también pueda afectar a gente como uno.
Así las cosas, Gente (y no pueblo), relatos fragmentarios y unitarismo. Una combinación poco feliz constituye la matriz comunicacional masiva en la Argentina.
Puiggrós tenía razón. Con el pueblo o con la oligarquía. La Gente, en cambio, sigue siendo un concepto acorde a la frivolidad y la chatura mental de ciertos estratos medios. ¿O alguien cree que la revista de la editorial Atlántida podría llamarse “Pueblo”?.

miércoles, 22 de julio de 2009

La construcción mediática de de Ángeli.


En tiempos en que los discursos alternativos al omnipresente discurso mediático escasean, el modo en que éste interpreta/construye la realidad no carece de importancia a la hora de definir los sentidos que circulan a lo largo y a lo ancho del espacio público. No es que no haya discursos contrahegemónicos, sino que a éstos le es enormemente dificultoso difundir sus posturas a nivel masivo, lo que, en la era de la construcción mediática de la realidad, equivale a desaparecer de la esfera pública.
El modo en que la corporación mediática representa a la figura de Alfredo de Ángeli es un caso paradigmático del peso que los medios tienen a la hora de producir significaciones legítimas sobre determinados aspectos políticos, económicos y sociales.
Probablemente de Ángeli ignore (entre tantas otras cosas) que el siglo XVIII cobijó a un filósofo francés llamado Jean Jacques Rousseau. Para este pensador, que se oponía a muchas de las tendencias que la ilustración ya empezaba a mostrar por esos años, la vida en sociedad corrompía determinadas aptitudes virtuosas, que el ser humano poseía por naturaleza. Rousseau creía que el hombre era mucho más bueno y noble cuando más cerca del estado de naturaleza y más alejado de las sociedades occidentales se hallaba. En las ciencias humanas occidentales se conoce a esta idea rousseauniana, según la cual el paso del estado de naturaleza al estado social implicaba una degeneración, como el mito del “buen salvaje”. Es decir, cuando más cerca está el hombre del estado de naturaleza, más bueno, noble y virtuoso es.
Rousseau murió en 1778, once años antes de la revolución francesa. Probablemente, si hubiera vivido hasta nuestros días (y si tomara linealmente la construcción política que realizan los medios masivos), estaría feliz de poder comprobar que el “buen salvaje” no es un mito, sino que realmente existe. Especímen poco dado al raciocinio, que actúa impulsivamente y carece de cualquier tipo de instancia reflexiva, habita en el sudeste de la provincia de Entre Ríos, y se lo conoce popularmente como “el melli” o “el torito”. Su nombre científico: Alfredo de Ángeli.
La idea imperante es que la rusticidad de sus modales, su lenguaje escasamente trabajado, lo primario de su pensamiento político, económico y social, un uso del lenguaje deslegitimado a los ojos de los medios capitalinos (aunque de uso frecuente en la parte sur de la Mesopotamia) y su nivel intelectual, que raya el analfabetismo, son aspectos que legitiman cualquier tipo de intervención pública de este primate y lo excusan de los exabruptos que comete frecuentemente. Sin embargo, detrás de esta inocencia que garantizaría su condición salvaje, hay un discurso fascista, reaccionario y con un proyecto económico que, una vez más, tiene por protagonistas a los privilegiados de siempre, sin contemplar al resto del pueblo argentino.
Recientemente, el propietario rural manifestó que el ex presidente Néstor Kirchner era “un pelotudo”. Cuando se le recriminó lo poco elaborado políticamente de su argumento, contestó que “lo dicho, dicho está”, que fue “un momento de calentura” y que la culpa era del gobierno por “llevarnos a esto”. Los mismos medios que por esos días trinaban de indignación porque Florencio Randazzo, Ministro del Interior, había dicho que Clarín actuaba como un partido político, muy poco se indignaron por las expresiones del ruralistas. Claro está, nadie en su sano juicio puede enojarse por los exabruptos de un animalito, que está más cerca del estado de naturaleza que del social.
Luego, incapaz de ocultar su condición de patrón de estancia, dejó de lado su constante predica a favor de la república, el Congreso y las instituciones para afirmar que “hay que juntar a los empleados en las estancias y decirles a quien hay que votar”. Ricardo Güiraldes sonrió desde la eternidad, y el fantasma de la década infame y el “fraude patriótico” volvió a sobrevolar por estas tierras. La institución mediática, que se rasga las vestiduras ante el “clientelismo” y los supuestamente poco republicanos métodos de los Kirchner, no condenó en lo más mínimo las expresiones antidemocráticas de de Ángeli. Más tarde, él mismo aclaró que se lo había “malinterpretado”, ya que no había querido decir que iba a decirles a los empleados a quién votar, sino a quien no votar. El primate no entendió que lo reprochable era condicionar o determinar el voto de los peones, y no si se hacía por la positiva o por la negativa. Los medios no, tan incisivos a la hora de cuestionar al gobierno, no se lo dijeron.
Queda claro que al poder económico no le molesta el clientelismo, sino el pueblo en la calle. De lo contrario, es inexplicable su condena permanente al “clientelismo” de los gobiernos populares y su silencio ante el clientelismo de los patrones de estancia, cuyo objetivo es derrocar al gobierno nacional.
Más allá de estas cuestiones concretas, el mito del buen salvaje es un artilugio muy peligroso utilizado por el poder económico-comunicacional. Escudándose en el pseudo analfabetismo de un propietario rural reaccionario, la derecha argentina se permite decir todo aquello que piensa, pero que es políticamente incorrecto. Al igual que los canarios que los mineros llevaban delante de sí, para constatar si había un escape de alguna sustancia tóxica en una mina, la función de de Ángeli es tantear hasta dónde se puede ir con el clima destituyente y los ataques frontales al gobierno. Cuando los “exabruptos” son bien tolerados por la sociedad, nadie dice nada. Cuando, en cambio, la sociedad considera que el melli se excedió, sus compañeros de la mesa de enlace salen a cuestionar sus dichos y anotan dónde está el umbral de lo tolerable y de lo decible.
Claro está, cuando en sus extralimitaciones se advierte el discurso abiertamente fascista, antidemocrático y antipopular de de Ángeli, el sentido común construido por los medios aparece: “¿cómo lo vas a tomar en serio?, es un pobre tipo que no terminó la primaria”. O, peor aún “no sabe lo que dice, si es un bruto”.
Se nos quiere hacer creer que su brutalidad e ignorancia son garantía de su bondad, virtud y buenas intenciones. El buen salvaje fue una idea rousseauniana para contrastar el avance indetenible de la ilustración y la modernidad. No sería recomendable que hoy, 230 años después, sigamos creyendo en lo que, a todas luces, es un mito.

martes, 21 de julio de 2009

CQC: la frontera entre la razón popular y la razón mediática.

"Destiérrese de las sociedades cultas el pernicioso abuso de la prensa" (Simón Rodríguez).

En los últimos días circulo la noticia. En el segmento “proteste ya”, del programa periodístico Caiga Quien Caiga (CQC), el intendente de la localidad rionegrina de El Bolsón agredió físicamente al notero Gonzalo Rodríguez.
El hecho se propagó automáticamente por toda la agenda mediática. La condena al funcionario público fue la única voz que sonó al respecto. Sin embargo, el acontecimiento pone en escena una cuestión medular: la frontera entre el espacio público y la actividad privada.
Al margen de la agresión en sí, el hecho condenable es otro. ¿Qué poder tiene una empresa privada para increpar a un intendente elegido por la ciudadanía de El Bolsón?. Es decir, ¿Quién invistió a la producción de CQC de la autoridad moral necesaria para poder juzgar a un funcionario público?.
Desconozco el accionar del Romera en la intendencia. Sin embargo, la cobertura mediática del hecho me dispara algunas reflexiones. ¿Qué se busca exactamente con la “espectacularidad” de las intervenciones periodísticas de este tipo?, ¿Quién es el representante de una corporación privada como TELEFE para decir quién hace las cosas bien y quién las hace mal?, ¿Por qué en ningún medio se consultó al pueblo de El Bolsón para ver si su opinión coincidía con la del periodista de CQC? (dejo este ilustrativo video realizado por un medio local
http://www.youtube.com/watch?v=3DElYugmc9w), ¿Alguien sabe a qué partido pertenece Romera?, ¿lo único noticiables es la agresión física del funcionario?.
Si Romera llamó a un plebiscito no vinculante, ¿CQC tiene la autoridad política para hacerlo vinculante?. Desde ya que el plebiscito debe ser escuchado, pero ¿es un programa de televisión el encargado de imponer la decisión de la ciudadanía?.
Como dije antes, desconozco la trayectoria política y las acciones que Romera emprende desde la intendencia. Pero aun suponiendo que la población de la ciudad esté descontenta con su mandato, ¿la voluntad invasiva de un canal de televisión privado prevalece por sobre la voluntad popular?, ¿no existen mecanismos dentro del espacio público para que el pueblo de la ciudad rionegrina manifieste su descontento?, ¿qué ocurre cuando una corporación mediática se erige en guardiana de las decencia y las buenas costumbres y el método que elige para hacerlas respetar es el ataque frontal e invasivo a un funcionario electo por el pueblo?, ¿quién votó a Gonzalo Rodríguez para que increpe de ese modo a un funcionario electo? En síntesis…¿se puede combatir el canibalismo comiéndose al caníbal?.
El problema aparece cuando una empresa privada cree que debe hacer “justicia” por encima de las instituciones públicas que se encargan de la misma. En el video se escucha claramente cuando un productor del programa le dice a Romera que “acá quemaron una radio”. Si dicha persona tiene las pruebas, ¿debe hacer la denuncia correspondiente para que el poder judicial se encargue de la investigación o debe ingresar con una cámara a la intendencia a acusar al funcionario?. Y si no tiene las pruebas suficientes…¿qué acción hay que tomar contra alguien que realiza semejante denuncia infundada?. ¿Qué concepción tiene de la opinión pública un programa que forma parte de una empresa multimilloaria y se representa a sí mismo con el tábano socrático que debía "aguijonear" a la sociedad cuando esta parecía quedarse dormida?. ¿Sólo quienes tienen el dinero suficiente para disponer de un espacio televisivo en unos de los canales privados más importantes de Argentina son capaces de "aguijonear" las conciencia pública?.
Si el plebiscito no vinculante dio como resultado que la voluntad popular es el no traslado del aeropuerto (esa era la “denuncia” que trataba la nota), el intendente debería obedecer a ese reclamo. Si no obedece, el pueblo de El Bolsón, en caso de que considere que el hecho merece real castigo, podrá no votar a Romera en las próximas elecciones o movilizarse para que se cumpla su decisión. Cuando un intendente no cumple con los resultados de un plebiscito, la ciudadanía puede corregir el rumbo, ya sea movilizándose o eligiendo otro modelo en los siguientes comicios. Cuando se considera normal que una corporación privada quiera imponer su razón por encima de la voluntad popular y de las instituciones públicas y la víctima pasa a ser victimario, difícilmente haya vuelta atrás.


El ataque mediático al gobierno.

La institución mediática

El ataque mediático al Gobierno es multifacético. Los argumentos para desprestigiarlo son variados y caóticos, y muy poco o nada tienen que ver entre sí.
Los económicos no son novedosos. Al contrario, son los que el “establishment” ha enarbolado históricamente (como decía Arturo Jauretche, la oligarquía argentina es tan cipaya que fue incapaz de darse un nombre en español y se bautizó con el vocablo sajón “establishment”). Parecería ser que la única forma de atenuar los efectos de esta crisis es con más librecambio, liberando las exportaciones de materias primas y commodities, lo que generaría una masa de riqueza que de alguna forma que nadie explicita, sin ningún tipo de intervención estatal, en algún momento beneficiaría al resto de la sociedad no propietaria de dichas mercancías.
El problema del establishment es que he perdido dos de sus argumentos históricos, a saber: 1) La prolijidad fiscal, 2) el modelo de los “países serios”.
El Gobierno kirchnerista se la arrebatado a la derecha esta primer bandera. Con un superávit que ronda los 45000 millones de dólares y un crecimiento de 6 años consecutivos, los sectores liberales se han quedado sin uno de sus caballitos de batalla predilectos a la hora de atacar a los gobiernos populares/populistas desde el discurso económico ortodoxo.
El segundo caso es aún más evidente. Frente a la supuesta deformación de la economía que genera la planificación estatal, las maravillosas consecuencias que nos provee la liberalización económica y financiera explotaron y en ese proceso se llevaron a buena parte de los países desarrollados. Europa y EEUU nos ofrecen a diario ejemplos sobre lo beneficiosa que es la desregulación financiera para las sociedades occidentales. Bancos gigantescos que quiebran, desempleo masivo, recesión y caos social son algunas de las maravillas que nos otorgaría la economía neoliberal. Algo que los argentinos ya sabemos de sobra y que, se supone, no deberíamos querer experimentar nuevamente.
Sin embargo, a pesar de pruebas tan contundentes en su contra, la derecha insiste con sus argumentos. Claro que cuenta con un aliado importante: el poder mediático.
Aclaro, no creo que los medios sean todopoderosos ni que el pueblo sea estúpido. Parafraseando a Stuart Hall “creer que la gente consume medios porque es idiota es muy poco socialista”. Y muy poco nacional/popular, podríamos agregar nosotros.
Sin embargo, en una sociedad en que la mayoría de las instituciones que producían, orientaban, condicionaban o contenían subjetividades se hallan en una crisis evidente, la única institución que quedó en pie cuenta con una ventaja enorme a la hora de moldear conciencias. Seamos claros: cuando la escuela fue la institución dominante, moldeó conciencias. Cuando lo fue el ejército, moldeó conciencias. Cuando lo fueron las unidades básicas, moldearon conciencias. La iglesia moldeó conciencias. La familia moldeó conciencias. Cuando el resto de las instituciones caen y la institución mediática se fortalece sería difícil que no moldeara conciencias. La gente no es idiota por consumir medios, como no fue idiota por ir a la escuela, por escuchar a su familia, por ir a la iglesia o por ingresa al ejército.
Sin embargo hay una diferencia fundamental. Los medios, al mismo tiempo que producen ideología producen valor. Venden la mercancía-ideología. Es decir que obtienen ganancias por difundir discursos. Por lo tanto sus dueños, por lo general, tienden a producir la ideología que les convenga. Tanto a ellos como a sus anunciantes, que son los que aportan el combustible a la maquinaria.
El gobierno no es socialista, comunista ni estatista. Está claro (solamente un energúmeno como Mariano Grondona puede sostener que el kirchnerismo es “anticapitalista”). Pero no se puede analizar al gobierno sin analizar lo que hay enfrente. Y basta que el Gobierno intente realizar un movimiento económico, social o político en contra del establishment y su ideología para que los medios lo ataquen. Así son los dueños de los medios de incomunicación, de las empresas que publicitan en ellos y que los mantienen vivos y del capital concentrado. Un mínimo giro que podría llegar a perjudicarlos y lanzan sus maquinaria discursivo-ideológica contra el Gobierno Nacional.
No está mal, es lógico. Ninguna clase social se suicida. También es lógico que quieran vender su verdad como “la verdad”. Y es lógico que quienes la compartan la defiendan. Pero no seamos tan ingenuos como para no advertir la maniobra grosera que hay detrás del ataque mediático al kirchnerismo. Y no compremos su verdad como la verdad, cuando no es más que eso, la verdad del poder mediático-económico.
El ataque es múltiple. A sus facetas económicas, políticas (el supuesto autoritarismo, la falta de republicanismo, el papel de D´elía, etc.) y sociales (la gente que va a los actos es llevada, cada vez hay más pobreza, se agrandó la brecha entre ricos y pobres) ahora se suma la farandulera. Si el ama de casa no lee el diario y no ve los noticieros, se enterará por intrusos (el programa más visto del canal de De Narváez) que el gobierno es malo y debe venir otro mejor.
Claro que las opciones posibles son Carrió, Macri, Cobos, Binner y demás gobernantes “populares”. Ahí, seguramente callarán las críticas y la inseguridad (tanto la física como la jurídica), la "falta de seriedad" o la "falta de diálogo" serán menores o desaparecerán de la agenda. Y se felicitará al cipayo de turno que retire las retenciones por haber ayudado a “pacificar al país”.
Scalabrini Ortiz dijo alguna vez que Perón tenía muchísimos errores y si hubiese que elegir entre él y el arcángel Gabriel, sin dudas lo votaría al arcángel. Pero como la opción era Perón o Pinedo, sin dudas lo votaba a Perón. Parafraseándolo, como la opción es Cristina o Carrió, Macri, Pinedo (nieto) o Binner, sin dudas, estoy con Cristina.

Presentación.

Ante todo, mi más sinceros reconocimientos a José Pablo Feinmann y su acertada teoría según la cual "cualquier pelotudo tiene un blog". Este espacio no es más que una confirmación de dicho axioma.
En cuanto al contenido, la idea (poco original) es expresar todo mi fastidio y rencor para con la cobertura de la situación económica, política y social argentina que realizan las grandes empresas periodísticas.
Lo que se publique en este espacio no pretende ser un corpus teórico coherente. No encontrarán rigurosos análisis académicos ni investigaciones exhaustivas acerca del desempeño de los medios de comunicación masivos. Lo que pongo a consideración son, simplemente, reflexiones sobre el accionar de los mismos y su incidencia en la vida política nacional.
Se irán publicando cosas que he escrito y otras tantas que escribiré, sin ningún tipo de estructuración cronológica ni temática.
Desde ya, vale aclarar que cualquier tesis relacionada con el supuesto poder manipulador de los medios y la idiotez de sus consumidores estarán absolutamente excluidas. La propuesta es, vuelvo a decirlo, reflexionar sobre este actor imprescindible de la vida política contemporánea, con la certeza de que su poder no se debe a la capacidad de colonizar conciencias sino a otros aspectos (por ejemplo, a la ausencia total de cualquier otro fuerte discurso con poder simbólico).
Si he de serles sincero, preferiría tener un canal de televisión, pero mi situación económica no me da para mucho más que esto.

A su disposición.

TAC.